Soltar para educar

morir al hombre viejo en la era de la ia
Pan de casa · Parte 5 de 5 · Partir el pan

Morir al educador viejo

San Pablo escribió a los efesios unos versículos que la tradición cristiana resume en dos expresiones: el hombre viejo y el hombre nuevo. En la traducción de La Palabra (Hispanoamérica), el pasaje pide «renunciar a la antigua conducta», dar lugar a «la renovación espiritual de la mente» y revestirse «de la nueva criatura, creada a imagen de Dios» (Ef 4,22-24). Conviene aclarar algo: el hombre viejo no es una edad ni una persona. Es una manera de vivir que ya no da vida.

Apliquémoslo a nosotros. Hay un educador viejo que vive dentro de casi todos los que enseñamos, y no tiene nada que ver con los años de servicio. Es el que Freire describió con una lista incómoda de leer en voz alta: «el educador es quien sabe; los educandos quienes no saben», «el educador es quien habla; los educandos quienes escuchan dócilmente».

Renacer no es olvidar lo aprendido: es dejar de defenderlo.

Lo que la era de la IA nos obliga a soltar

La inteligencia artificial desarma esa figura sin pedirnos permiso. Si el saber está a un mensaje de distancia, el docente que basa su autoridad en saber más se queda sin base. Magnifica Humanitas lo dice sin rodeos: la organización de la escuela, los métodos de evaluación y «la propia figura del docente» deben replantearse (n. 145). Pide además formación continua para que los docentes sepan dialogar con las nuevas tecnologías y ayuden a los alumnos a usarlas de manera responsable, crítica y creativa, sin sufrir pasivamente su influencia.

Tres cosas para dejar sobre la mesa

◆El monopolio del saber. Ser el que más sabe ya no define a un maestro. Lo define ser quien mejor pregunta y mejor acompaña.
◆La tarea que se copia. Si una máquina puede hacerla sin que nadie la piense, hay que diseñar otra.
◆La autoridad que descansa en el cargo. Freire pedía una autoridad que esté «con las libertades y no contra ellas».

Despertar antes de cambiar

Hay un riesgo: cambiar de herramienta sin cambiar de actitud, o sea, usar la IA para seguir depositando, pero más rápido. En Un minuto para el absurdo, los discípulos de De Mello preguntan si algo puede acabar con los condicionamientos y liberarnos. La respuesta empieza con una palabra: «la conciencia». Antes de rediseñar una clase conviene ver cuánto de lo que hacemos lo hacemos por costumbre. Despertar va primero y el cambio viene después.

La encíclica fija el criterio para cambiar sin perderse: que sea siempre la inteligencia humana, «con su conciencia y su libertad», la que guíe las innovaciones técnicas (n. 97).

La objeción honesta

Hablar de morir puede sonar a renegar de lo vivido, y quien lleva veinte años en un aula no merece ese desprecio. No se trata de eso. Lo que muere es una postura; lo que queda es la experiencia, el oficio y el cariño por los estudiantes. Una semilla que se abre no se avergüenza de la semilla.

Renacer desde el origen

Nadie renace de la nada. El educador nuevo conserva su sello de origen: lo que lo formó, quién lo miró y lo eligió. Por eso este cambio no corta con el pasado, lo atraviesa. Y deja una pregunta para cerrar el arco.

Para seguir pensando. Si el origen no se borra, se honra. ¿Quién te miró a ti primero? Esa es la pregunta con que cerramos esta serie.

Fuentes. Efesios 4,22-24, en La Palabra (Hispanoamérica). Paulo Freire, Pedagogía del Oprimido, cap. 2. Anthony de Mello, Un minuto para el absurdo. León XIV, Magnifica Humanitas, nn. 97 y 145. Te invito a leer los textos completos.

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