Lo que solo se repite

Si la máquina repite mejor, ¿qué nos queda por enseñar?
Paulo Freire eligió un ejemplo escolar que cualquiera reconoce: «Cuatro veces cuatro, dieciséis; Perú, capital Lima». El estudiante lo fija, lo memoriza y lo repite, y todo eso, dice Freire, sin percibir lo que realmente significa. A esa escuela le puso un nombre: educación «bancaria». El educador deposita, el educando archiva, y cuanto más dócilmente se deja «llenar», mejor estudiante se supone que es.
Aquella escena tenía un límite natural, porque el depósito dependía del esfuerzo de quien lo hacía y de quien lo recibía. Hoy el límite desapareció. Un sistema de inteligencia artificial recita la tabla, la capital y el resumen del capítulo en segundos, sin cansancio y sin faltas. Si lo que evaluamos es lo que se puede copiar, memorizar y repetir, estamos entrenando a los estudiantes en la única prueba que la máquina gana siempre.
Lo que la máquina no hace
La encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, es precisa en este punto. Reconoce que estos sistemas superan a las personas «en velocidad y amplitud de cálculo» (n. 99), y a la vez recuerda que pueden simular empatía o comprensión pero «no conocen lo que producen». Dan la respuesta sin haber pasado por la pregunta, y esa travesía es justamente lo que el estudiante necesita vivir para aprender.
El mismo documento advierte contra un sistema educativo en el que el «flujo incesante de información» sustituya «al ejercicio de la investigación» (n. 146). Y propone otra tarea para la escuela: no perseguir la velocidad del mundo digital, sino ofrecer lo que este no puede dar, tiempo compartido y relaciones fiables (n. 147).
De depositar a investigar
Freire no se quedó en la crítica. Frente a la educación bancaria propuso una práctica en la que los estudiantes dejan de ser «dóciles receptores de los depósitos» y se vuelven «investigadores críticos en diálogo con el educador». Ese diálogo ya hacía falta cuando solo había libros y pizarra. Con una máquina que responde de todo, es la parte del trabajo que no se puede delegar.
La objeción honesta
Repetir también enseña. Nadie toca el violín sin escalas ni lee sin deletrear, y la práctica automática libera la atención para lo difícil. El problema aparece cuando la repetición deja de ser andamio y se vuelve meta. Una prueba sencilla: si una máquina termina la tarea en diez segundos, la tarea no era el aprendizaje. El aprendizaje está en la conversación que podamos tener sobre ella.
Tres cambios para el lunes
Lo que sí tiene origen
Hay una diferencia más honda. La respuesta de una máquina no viene de nadie en particular y no le debe nada a nadie. Lo que aprende un estudiante, en cambio, tiene denominación de origen: viene de la pregunta de una maestra, del error corregido a tiempo, de una conversación en el patio. Eso es irrepetible, y es lo que nos toca cuidar.
Para seguir pensando. Si aprender no es repetir, ¿qué es? Quizá se parezca más a amasar: se estira, se rompe, se vuelve a juntar. Y queda una pregunta incómoda: ¿qué hacemos en la escuela con la masa que se rompe, es decir, con el error? De ahí parte la próxima entrega.
Este espacio lo sostiene una comunidad. Si esta reflexión te dejó pensando, compártela con un colega y súmate al grupo de WhatsApp Educadores con raíz.
Con raíz y propósito.
Apoya este espacio
Tu aporte sostiene estas reflexiones para educadores.
Gracias por tu colaboración.
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por el tiempo que dedicas a leernos!