El maestro que el ranking no mide
Baúl de sastre
Lo que el número no cuenta
A propósito de PISA 2025, y de todo lo que un ranking decide no mirar.
Cada dos años el mundo entero se ordena en una tabla, y a Ecuador le toca, otra vez, mirarla desde abajo. 366 puntos en matemáticas, puesto 76 de 91. Singapur arriba, China arriba, Corea arriba. La noticia ya la conocemos de memoria: perdimos, y perdimos con cifras exactas, con decimales, con la humillación adicional de saber por cuánto. Lo que nadie pregunta —porque no cabe en una tabla— es qué estamos comparando en realidad cuando ponemos a Singapur y a Ecuador en la misma fila.
El maestro que premian, el maestro que abandonan
En Seúl o en Shanghái el profesor tiene estatus social, sueldo digno y una exigencia brutal: es, ante todo, productor de resultado medible. Aquí el profesor es funcionario, evaluado con la misma vara pero sin el sueldo, sin el estatus y casi siempre sin el acompañamiento. Dos maneras distintas de convertir al maestro en un medio: allá para ganar el ranking, aquí para sobrevivirlo. Ninguna de las dos es la que enseñó De La Salle. Su Instituto no formó funcionarios ni entrenadores de examen: fundó escuelas para los hijos de los artesanos y de los pobres,
«juntos y por asociación», tratando al maestro como hermano y guía y no como funcionario.Ni el modelo que exprime ni el que abandona: un tercero que ninguno de los dos sistemas parece tener presupuestado.
La comunidad que empuja, la comunidad que no llega
El artículo lo dice con otras palabras: en Asia la presión social es una maquinaria completa —familia, colegio particular, examen de alto impacto, vergüenza compartida si el hijo no rinde—. Aquí la comunidad educativa, en el mejor de los casos, coexiste con la escuela: padres ausentes por trabajo o por costumbre, colegas que enseñan puertas adentro sin mirarse entre sí, un distrito que reparte indicadores en lugar de acompañamiento. La matriz lasallista propone una tercera figura, ni la maquinaria kiasu ni la ausencia ecuatoriana: comunidad como sujeto del conocimiento, no como público que aplaude o que abandona.
El rasero que no vimos
Y aquí está lo que el artículo no alcanza a nombrar: PISA mide con una sola vara —la de la OCDE, diseñada desde un lugar muy concreto del mundo— tanto al que "gana" como al que "pierde". Aplicar el mismo rasero a Singapur y a una comunidad kichwa de la Amazonía no es neutralidad: es, en los términos de Aníbal Quijano, colonialidad del poder disfrazada de evaluación técnica. Que a nuestros estudiantes les faltan fundamentos, lo sabe cualquier maestro de aula sin que se lo tenga que confirmar la OCDE. Pero todo maestro sabe también otra cosa que ningún examen pregunta: cuánto puede crecer un alumno al que, por fin, alguien decide creerle. Eso —la confianza casi terca en lo que un estudiante todavía puede llegar a ser— es lo que La Salle llamaba celo, y no nace de la disciplina ni de la métrica: nace de la fe. Es la intuición que carga cualquier maestro lasallista sin necesidad de ponerle nombre técnico: no evaluamos para clasificar, evaluamos para creer en alguien con evidencia a la mano. Con Catherine Walsh cabe preguntar, además, qué otros saberes quedan fuera del marcador cuando solo contamos lo que el marcador sabe contar. Y con Freire: un sistema que entrena solo para el examen —sea a fuerza de disciplina asiática o de resignación ecuatoriana— sigue siendo educación bancaria si nadie se libera con ella. La pregunta lasallista no es cuánto rinde el estudiante: es cuánta fe le tenemos, y qué hacemos con esa fe.
No tengo la ingenuidad de decir que el ranking no importa. Importa, y bastante, para quien tiene que abrirse camino en un mundo que sí lo usa como filtro. Pero un país no se salva copiando el kiasu ni el gaokao, y tampoco se salva resignándose a la última fila con la conciencia tranquila de que "al menos somos felices". Hay un tercer camino, más lento y menos fotogénico, que no aparece en ningún informe de la OCDE: formar maestros que sean hermanos y guías, comunidades que sean sujeto y no público, y estudiantes a quienes se les exija en serio porque se les respeta en serio. Eso tampoco lo mide PISA. Pero es, quizás, lo único que de verdad cuenta.
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