Llegué mojado y me cerraron la puerta
La verdadera alegría no sale en la foto
Francisco le dicta a fray León una lista rara de lo que no es la verdadera alegría: que todos los sabios de París se metan a la Orden, que los reyes de Francia e Inglaterra se conviertan, que sus frailes hagan milagros y curen enfermos. Todo eso, dice, no es la alegría verdadera. Fray León debía estar esperando la revelación gloriosa. Lo que viene después es otra cosa: Francisco llega una noche de invierno, empapado, con las piernas sangrando de frío, toca la puerta del convento, y el hermano portero le contesta que no, que ya son demasiados, que se vaya a otro lado.
Ahí, dice Francisco, está la verdadera alegría: no en que las cosas salgan bien, sino en aguantar que salgan mal sin amargarse por dentro. Es una idea profundamente incómoda para cualquier institución que mide su éxito en fotos de portada bien iluminadas.
Esta semana ya se cayó el proyector en algún salón, ya llovió cuando no debía, ya alguien lloró en el patio sin que nadie supiera bien por qué. Nada de eso va a aparecer en la publicación institucional del viernes, la que muestra sonrisas, orden y un letrero de bienvenida bien centrado. Esa foto perfecta que se publica no es mentira exactamente — es solo la parte que decidimos mostrar, la que se parece a los milagros que Francisco descartó como falsa alegría.
La alegría real de esta primera semana probablemente no va a tener registro fotográfico: es la del profesor que llegó mojado por la lluvia de la sierra, encontró el aula sin tiza, y aun así se quedó. Eso no sale bien en cámara. Sale bien en la memoria de quien lo vivió.
Si algo salió mal hoy y aun así te quedaste, ya tuviste tu momento de verdadera alegría.
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