Los pastores que ya lo sabían
Hoy conocí a los pastores de carne y hueso
Una mañana con los maestros de la Unidad Educativa Juan de Velasco
Hoy tuve la suerte —y lo digo sin metáfora, como quien reconoce un regalo cuando lo tiene enfrente— de compartir unas horas de la mañana con los maestros de la Unidad Educativa Juan de Velasco, convocados por las autoridades del plantel para revisar los acuerdos 028-A y 044-A. Yo estaba ahí por una razón que todavía me cuesta nombrar del todo: me invitó la vicerrectora, lectora fiel de este blog, que hace treinta años fue alumna mía.
Treinta años dan para muchas cosas, pero pocas tan extrañas como volver a un salón —esta vez del otro lado, como invitado— y encontrar ahí, dirigiendo la reunión con una soltura que yo no tenía a su edad, a la niña que alguna vez tomó apuntes de mis clases. No dijo nada al respecto frente a los demás. Yo tampoco. Pero los dos lo sabíamos, y ese silencio compartido valió más que cualquier presentación formal.
Llegaron convocados, no por gusto propio sino porque la institución lo dispuso, todavía con el aire suelto de unas vacaciones que apenas empezaban a soltarlos. Y sin embargo, apenas empezamos a hablar de conflictos, de rutas, de acompañamiento, algo en la sala cambió de temperatura.
Llevo semanas escribiendo, en este mismo espacio, sobre el pastor que deja a las noventa y nueve para ir por la una que se perdió. Hoy, sin buscarlo, conocí a varios de esos pastores de carne y hueso. No citaban a La Salle ni hablaban de teología: hablaban de un estudiante concreto, de una familia concreta, de una tarde en que se quedaron después de hora sin que nadie se los pidiera.
Hay una escena que no se me va a borrar fácilmente: la directora del DECE contando el caso —el mismo que meses atrás salió en la prensa local— de un grupo de muchachos que terminaron a golpes en un parque de Bellavista, con el alcohol haciendo de las suyas. Lo contó sin dramatismo, como quien informa un trámite ya resuelto, y cerró con una frase que todavía me hace sonreír: "Ya lo arreglamos, Huguito." Ese diminutivo, dicho ahí, delante de todos, valió más que cualquier informe técnico sobre enfoque restaurativo.
Uno escribe estas reflexiones muchas veces sin saber si le llegan a alguien, o si son solo un ejercicio privado de terquedad. Hoy, en Juan de Velasco, tuve la rara certeza de que sí llegan — no porque alguien lo dijera, sino porque reconocí, en las preguntas que me hacían, las mismas preguntas que yo me hago cada mañana antes de escribir.
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