Consolado o desolado?
Reflexión N.° 15 · Semana del 28 de abril al 4 de mayo de 2026
¿Estás en consolación
o en desolación?
Loyola tenía una respuesta
para el miércoles.
Sobre el educador que llega al día bisagra de la semana
sin saber si lo que siente es agotamiento, vocación,
o simplemente no haber dormido bien.
Fin del Retiro de 3ro. de BGU · Con raíz y propósito
«Llamo consolación quando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene el ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor. Llamo desolación todo el contrario: escuridad del ánima, turbación en ella, movimiento a las cosas baxas y terrenas, inquietud de varias agitaciones y tentaciones, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor.»
Ignacio de Loyola · Ejercicios Espirituales, EE 316–317 · Texto autógrafo, ca. 1522–1524 · Aprobación papal: Paulo III, 1548
Ignacio de Loyola escribió esto después de pasar casi un año en una cueva en Manresa — un año de oración intensa, de noches sin dormir, de momentos de luz extraordinaria y de semanas donde el cielo parecía de piedra. Cuando salió, tenía algo que muy pocos espirituales de su época poseían: un vocabulario preciso para describir los estados interiores. No teología abstracta — cartografía del alma. Dos palabras para dos territorios que todo ser humano habita de forma alternada, a veces en el mismo día: consolación y desolación. Y la capacidad de distinguir uno del otro, dice Loyola, es la diferencia entre vivir con lucidez o vivir a merced de los estados de ánimo.
Ahora bien — y aquí está el giro que nadie espera — Loyola no escribió esto pensando en educadores. Lo escribió para personas en retiro espiritual que necesitaban herramientas para tomar decisiones importantes sin dejarse arrastrar por los estados emocionales del momento. Pero resulta, con la perturbadora coincidencia que tienen los textos verdaderamente grandes, que describe con precisión quirúrgica algo que el educador latinoamericano vive cada semana sin tener palabras para nombrarlo. El miércoles es el día donde esa distinción pesa más. Ni el impulso del lunes ni el alivio que ya huele el viernes. El miércoles es el páramo: vasto, frío, exigente, sin escondite.
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Consolación — señales
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Desolación — señales
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El educador que llega al miércoles en desolación tiene, según Loyola, tres posibles explicaciones — y ninguna de las tres es "eres mala persona" ni "te equivocaste de vocación". La primera: cierta negligencia propia que se puede corregir. La segunda: una prueba para saber de qué está hecho el compromiso cuando no hay recompensa emocional inmediata. La tercera — y esta es la que más libera — simplemente el modo en que la gracia funciona: viene, y luego se retira, no porque algo esté mal, sino porque el alma necesita aprender a sostenerse sin la muleta del entusiasmo continuo. El miércoles pesado puede ser exactamente eso: una lección de músculo, no una señal de alarma.
Es la instrucción que sigue: «en tiempo de desolación, nunca hacer mudanza.»
No renunciar. No tomar decisiones grandes.
No concluir que la vocación se acabó porque el miércoles pesa.
Sostener. Eso es todo. Y a veces eso es lo más difícil del mundo.
Hay algo casi subversivo en esa instrucción para el mundo de hoy, donde la cultura del bienestar personal sugiere que si algo no se siente bien, hay que cambiarlo. Loyola dice lo contrario: el estado emocional es información, no veredicto. La desolación no dice la verdad sobre tu vocación — dice la verdad sobre tu estado en este momento. Y los estados cambian. Lo que no cambia tan fácilmente, si fue elegida bien, es la decisión de fondo. El educador que sostiene un miércoles de desolación sin desertar, sin tomar decisiones apresuradas, sin colapsar en el cinismo — ese educador está haciendo algo que Loyola llamaría discernimiento. Y que cualquier estudiante que lo vea, aunque no tenga palabras para nombrarlo, va a reconocer como integridad.
Para hoy
Antes de entrar al aula, un segundo de honestidad: ¿en qué estado estás hoy? No para juzgarte — para saberlo. Si es consolación, aprovéchala y no la despilfarres. Si es desolación, sostén. No cambies nada importante. Loyola diría que ya con eso estás haciendo lo correcto.
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