Cien veces te vi llegar
Cien veces te vi llegar
Hermano, hermana que me lees:
Te he visto. No con la mirada boba de quien celebra un número redondo porque redondea bonito, sino con la que ya conoce el oficio: sé bien que cien reflexiones no garantizan nada, que el algoritmo no distingue entre un sermón y una receta de ceviche, y que tú tienes cien pestañas abiertas y solo una te trajo otra vez hasta acá. Te vi entrar en medio del ruido de un mundial que promete hermandad y solo entrega hooligans con bandera. Te vi entrar en medio de una violencia que ya casi no alcanza a indignarnos lo suficiente. Te vi en esos tristes tiempos de nevada sin escarcha, donde el frío no baja de ningún páramo sino de la indiferencia bien vestida, de la reforma que llega sin preguntar, del sueldo que no alcanza. Y aun con toda esa competencia, volviste. Eso, permíteme decirlo con la desconfianza sana del que ha visto pasar modas y entusiasmos: no es casualidad. Es sospechoso. Y lo sospechoso, cuando se repite cien veces, empieza a llamarse fidelidad.
Un poeta de otro hemisferio, hace siglo y medio, se hizo una pregunta incómoda en medio de tanta gente ocupada apenas en sobrevivir: para qué sirve estar vivo, si la función continúa sin que uno haga más que mirar desde la butaca. Él mismo se respondió, y la respuesta todavía incomoda: que la obra sigue, que uno puede aportar un verso propio, y que la pregunta nunca fue si merecemos un lugar en el escenario, sino qué verso vamos a dejar antes de que baje el telón. Yo, que ya llevo tres siglos de cartas y meditaciones, juzgo lo mismo desde mi rincón: no hay tiempo que perder felicitándonos por haber llegado hasta aquí si no decidimos, ahora, qué hacemos con la fila de gente que sigue llegando detrás de nosotros. El aula no espera a que termine el aplauso del centenario. Tampoco debería esperarlo esta comunidad.
Así que hoy no te pido que leas: te pido que actúes, con la misma suspicacia con que llegaste hasta acá. Primero: comenta en el blog, aunque sea una línea; un texto sin huella de lector es un texto que habla solo, y ya nos hemos hablado solos suficiente. Segundo: comparte esto —no por generosidad abstracta ni por quedar bien, sino porque tú sabes exactamente a qué colega, a qué maestro cansado de tu propia sala de profesores le va a caer bien esta tarde. Tercero, para quien pueda y quiera: este espacio no se sostiene de aire ni de buenas intenciones; si alguna vez un texto de aquí te devolvió algo, un aporte pequeño sostiene más de lo que imaginas, y no hay nada de indigno en decirlo así de claro. Y cuarto —guarda esto en un rincón del pecho, no en la agenda—: en diciembre, cuando el año ya esté cansado de todos nosotros, algunos de los que llegamos hasta el post cien nos vamos a encontrar en la Estancia, entre montaña y niebla, a comer y a callar juntos lo que no cabe en un blog. No es todavía una invitación formal. Es apenas una semilla que te dejo, para que la vayas cargando de aquí a Navidad.
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Qué bueno participar de este proceso. Muchas gracias. Siga en su proyecto.
ResponderEliminarSiga adelante en su proyecto. Anime a mucha gente.
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