La sombra que no vas a pisar — Que la escuela vaya siempre bien
La sombra que no vas a pisar
Arco XIII · Que la escuela vaya siempre bien
Robert Berger escribe este capítulo pensando en sus propios compañeros de comunidad, Hermanos con quienes convivió décadas, que fueron muriendo uno a uno con los años. No lo cuenta como tragedia ni como consuelo fácil. Lo cuenta como un hecho simple que cualquier vocación larga termina enseñando: "los Hermanos —pasado y presente— forman una nube de testigos" que se va reduciendo, y cada uno que se va "nos priva de su sombra."
Y de ahí sale la frase que se queda resonando mucho después de leerla:
Es, quizás, la definición más honesta de lo que significa enseñar de verdad: sembrás sabiendo, de entrada, que la sombra va a ser para otro. Para un estudiante que va a recordar, dentro de veinte años, algo que le dijiste sin darle mayor importancia. Para un colega que va a heredar un método que vos afinaste sin ver nunca el resultado completo. Trabajás para una cosecha que probablemente no vas a presenciar. Eso incomoda en un mundo que quiere resultados este trimestre, esta evaluación, este año lectivo.
Berger se hace, además, una pregunta que vale la pena llevarse: "¿Quiénes son los pobres de 2013? Obviamente no son los pobres de 1713." Ser fiel a algo, durante trescientos años, nunca significó repetirlo igual. Significó replantar la misma semilla en un suelo distinto cada vez, confiando en que la encina, tarde o temprano, le va a dar sombra a alguien — aunque ese alguien no seas vos.
El capítulo termina con una oración que, según cuenta la tradición, se le atribuye a Santa Teresa de Ávila, y que generaciones de Hermanos se han repetido desde entonces. Más allá de la fe de cada quien, dice algo que cualquier maestro puede reconocer como cierto:
Créase o no en lo mismo que creía Teresa de Ávila, la idea de fondo se sostiene igual: el bien que vas a hacer hoy en un aula, lo van a hacer tus manos, o sencillamente no lo va a hacer nadie más. Nadie viene a reemplazarte en eso.
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