El camino a Emaús — Que la escuela vaya siempre bien
El camino a Emaús
Arco XIII · Que la escuela vaya siempre bien
Dos personas caminan de regreso a casa, tristes, después de haber perdido algo que les importaba. Un desconocido se les acerca por el camino. No corrige su tristeza. No expone ninguna doctrina. Simplemente camina con ellos un largo trecho, pregunta qué les pasa, y escucha. Solo mucho después, ya sentados a la mesa, comparte el pan — y recién ahí, partiéndolo, lo reconocen.
De todo el Evangelio, es la escena que el Hermano Cledes Casagrande elige para hablar de cómo un educador debería relacionarse hoy con un mundo de creencias muy distintas. Y aclara algo que vale la pena leer despacio, sea cual sea tu fe o la de quien tenés al lado del pupitre: en las escuelas donde conviven musulmanes, budistas, hinduistas, católicos y quienes no profesan nada en particular, "no es la controversia de ideas lo que nos interesa, sino... el diálogo de la vida." No se trata de tener razón primero. Se trata de caminar al lado.
Fíjate en la palabra: trasciende creencias y religiones. No es un club exclusivo de quien comparte una fe determinada. Es algo que puede practicar quien enseña en un colegio de La Salle en Burkina Faso, rodeado de estudiantes musulmanes, y también quien enseña esta misma tarde en una escuela fiscal de Riobamba, sin ninguna vinculación religiosa de por medio. La fraternidad, aquí, es más sencilla y más exigente que cualquier credo: caminar al lado del otro, escuchar antes de responder.
Hay otra imagen, más adelante en el mismo capítulo, que se queda pegada: la del alfarero del profeta Jeremías, dando forma al barro entre las manos. El educador, dice Casagrande, no le impone una forma al estudiante desde afuera — lo acompaña a tomar la suya propia, con paciencia, sin apurar el barro antes de tiempo.
Quizás hoy, un domingo por la tarde, no haga falta resolver nada de esto en abstracto. Alcanza con recordar que caminar al lado de alguien —sin apurarte a corregirlo, a convencerlo, a tener la última palabra— ya es, en sí mismo, una forma completa de estar presente.
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