Lo que no caduca — Que la escuela vaya siempre bien
Lo que no caduca
Arco XII · Que la escuela vaya siempre bien
Catorce educadores se reunieron en Roma, mayo de 2012, cinco continentes alrededor de una misma mesa, para preguntarse algo que le pasa a cualquier escuela, tenga la bandera que tenga: ¿qué hace que un proyecto educativo siga siendo el mismo después de trescientos años, mil kilómetros y un idioma distinto? Que sean Hermanos de las Escuelas Cristianas es apenas el dato biográfico. Lo que escriben no es un manual de marca; es una manera de pensar la escuela que cualquier maestro puede usar sin pedir permiso a nadie. Pedro Ma Gil, coordinador del proyecto, abre el libro con una respuesta incómoda: la institución nació con la Modernidad europea del siglo XVII. Y si nació con ella, según su propia lógica, debería morir con ella.
Gil no lo dice para asustar a nadie. Lo dice para obligarnos a distinguir dos cosas que solemos confundir: el armazón y el contenido. El armazón — procedimientos, horarios, currículo, la forma en que se organiza un aula — sí caduca, y con razón. Pero el contenido que sostiene ese armazón es otra cosa: un modo de vivir la relación educativa, donde la vida del maestro y su trabajo no se pueden separar sin que ambos se desangren un poco. Y eso no es propiedad de nadie.
Aquí está el giro que nos interesa, y que Gil probablemente no imaginó para un lector de Riobamba: si lo que sostiene una escuela seria no es la técnica sino la fusión entre vida y oficio, entonces da lo mismo que estemos en Reims 1706, en una escuela laica de Guayaquil o en cualquier aula fiscal ecuatoriana en 2026, con wifi que se cae, un director que responde circulares del Ministerio a las diez de la noche y treinta y cinco estudiantes por aula. El escenario cambia por completo. La estructura, no. Por eso este arco no habla "de lo lasallista": habla de lo que catorce educadores, que resultan ser lasallistas, alcanzaron a ver con más claridad que el resto — y que le sirve a cualquiera que sostenga un aula, con hábito o sin él.
Y ojo con la trampa que esto tiende: creer que como el armazón cambia, uno puede quedarse esperando a que alguien —el Ministerio, el rector, la próxima reforma curricular— le devuelva el sentido perdido. Gil advierte lo contrario. La institución que fecha su nacimiento en un momento histórico corre el riesgo de convertir esa fecha en excusa: "esto ya no aplica, el mundo cambió". Pero lo que no cambia no necesita permiso de nadie para seguir funcionando. Sigue funcionando aunque el edificio se esté cayendo, aunque el sueldo llegue tarde, aunque la Modernidad que lo vio nacer sea ya, francamente, arqueología.
La pregunta que le queda a cada maestro no es "¿sigo siendo fiel a un modelo del siglo XVII?" — esa pregunta es un callejón sin salida y, para ser honestos, un poco vanidosa. La pregunta real es más simple y más incómoda: ¿mi vida y mi trabajo siguen siendo la misma cosa, o hace rato empecé a fingir en uno de los dos?
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