Pedir bien antes de hablar
El maestro que pide bien antes de hablar
Arco XI · La cortesía que no es etiqueta
En el año 412, una viuda romana llamada Proba le escribió a Agustín de Hipona una pregunta que parece simple: ¿cómo debo orar? Agustín tardó en responder, y cuando lo hizo, no le dio una técnica. Le dio un diagnóstico incómodo: el problema casi nunca es no saber orar. Es no saber qué pedir.
Trasladado al aula, el diagnóstico pica todavía más. Cualquier maestro sabe decir "buenos días", sabe preguntar "¿cómo estás?", sabe sonreír en el pasillo. La forma de la cortesía se aprende rápido. Lo que no se aprende tan rápido es qué se está pidiendo realmente cuando uno se acerca a un alumno con esa sonrisa.
— Agustín de Hipona, Carta 130 a Proba
Hay una cortesía que pide bien: la del maestro que se agacha a la altura del niño, sin público, sin necesidad de que nadie lo vea siendo amable, porque lo que busca es el bien de ese alumno y no quedar bien él mismo. Y hay una cortesía que pide mal: la que se despliega justo cuando hay un director cerca, o un padre de familia observando, o una cámara del colegio grabando el pasillo para el video promocional de fin de año.
La misma sonrisa, dos deseos completamente distintos detrás. Uno pide el bien del otro. El otro pide quedar bien uno mismo disfrazado de bondad. Y aquí no hay forma de hacer trampa: los alumnos, sobre todo los adolescentes, tienen un radar casi perfecto para distinguir cuál de las dos cortesías les están ofreciendo.
Lo incómodo del planteamiento agustiniano es que no se resuelve con una lista de buenas prácticas. Se resuelve examinando el propio deseo antes de abrir la boca. ¿Qué estoy pidiendo en realidad cuando trato bien a este alumno difícil? ¿Que aprenda, que crezca, que se sienta visto? ¿O que se note, aunque sea un poco, lo paciente que soy yo?
Antes de tu próximo gesto de cortesía con un alumno, pregúntate qué estás pidiendo realmente. Luego hazlo, aunque nadie te vea.
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