El silencio que acompaña (De Mello)

78 - maestro y estudiante sentados en sillas simples mirando al frente en silencio, carboncillo y aguada sepia
78 Pan de Casa Voz jesuita

No tengo respuesta. Tengo una silla a tu lado

Una fábrica necesitaba pieles de rana. Un agricultor telegrafió que podía suministrar cien mil. Dos semanas después llegó a la fábrica una sola piel, con una nota: «Les presento mis excusas, pero ésa es la única que pude encontrar. El ruido, ciertamente, me engañó.»

«Examinad el ruido que hace la gente. Luego comprobad el ruido que hacéis vosotros, y descubriréis la nada, el vacío… y el Silencio.»

Anthony de Mello SJ, Un minuto para el absurdo, 1987

De Mello contaba esa historia para hablar de la conciencia, pero esta semana sirve para otra cosa: hablar del ruido que producimos cuando alguien sufre y no sabemos qué decir. El estudiante que tiene familia en Venezuela, callado desde el lunes, no necesita que le expliquemos la tectónica de placas ni que le citemos las fases del duelo. Y sin embargo, cuántas veces el maestro llena ese silencio con palabras — «ya va a pasar», «hay que ser fuerte», «sigamos con la clase» — porque el silencio del otro le resulta más incómodo que cualquier respuesta equivocada.

El ruido nos engaña. Nos hace creer que si estamos hablando estamos acompañando. Que si producimos algo —una frase de aliento, una actividad de contención, un círculo de diálogo— estamos haciendo nuestro trabajo. Pero De Mello, con esa economía absurda que lo caracteriza, apunta a algo más difícil: el silencio verdadero no es ausencia de palabras sino presencia plena. Y esa presencia —una silla acercada, un gesto que dice «aquí estoy, no me voy»— a veces pesa más que cualquier discurso.

Esta semana, en algún momento de tu jornada, va a aparecer un estudiante que no necesita que le resuelvas nada. Que solo necesita que te quedes. No que finjas que todo está bien, no que lo animes a seguir adelante. Que te quedes, sin producir ruido, el tiempo que haga falta. Eso también es pedagogía. Es, quizás, la más difícil.

Para hoy

La próxima vez que no sepas qué decirle a un estudiante que sufre, no inventes una respuesta. Acerca una silla. El silencio compartido, cuando es honesto, dice más que cualquier frase bien armada.

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