Por el día del Padre.
El santo que roncaba en misa
Carta abierta a los padres que nunca leyeron a La Salle — y sin embargo lo encarnaron, roncando incluido.
Hay un tipo de padre que se duerme en misa con una puntualidad asombrosa. El sacerdote arranca la homilía y, dos minutos después, ya hay serenata: un ronquido grave, parejo, casi gregoriano. Pero —y esto nunca lo explica nadie del todo— se despierta exactamente en el "Demos gracias al Señor", se pone de pie con la solemnidad de un general, y responde el "Sí, sí lo es" con una voz que parece no haber dormido un segundo. Algún reloj interno, afinado por años de horario y campana, lo saca del sueño en el instante preciso. Los hijos de ese padre crecen pensando que es magia. Después, con los años, entienden que esa magia tiene nombre: disciplina lasallista, aunque él jamás haya abierto un libro de Juan Bautista de La Salle.
Ese padre ordena el caos del taller, del corral, de la casa entera, con la misma mezcla exacta de método y ternura que De La Salle pedía a sus maestros: todo en su lugar, cada hora con su tarea, y sin embargo nada de frialdad militar. Plancha la camisa de domingo como quien prepara un altar. Y si un hijo llega con la tarea sin hacer, antes de regañarlo pregunta si comió. Orden con entrañas. Esa es la fórmula que nunca leyó pero que tantos padres latinoamericanos aplicaron toda su vida, sin diploma ni teoría, solo a fuerza de repetirla hasta que se volvió costumbre.
De Agustín de Hipona heredan la inquietud, sin saber que se llama así. Es el padre que, mientras arregla un motor el domingo sin cobrarle a nadie "para no perder la mañana en otra cosa", suelta de la nada: "¿tú sabes qué es el tiempo, hijo?" El niño no tiene ni interés filosófico ni respuesta. El padre tampoco la espera. Es nomás su manera de pensar en voz alta mientras ajusta un carburador, inquieto como solo lo es un hombre que busca algo sin tener muy claro el nombre de lo que busca.
"El corazón inquieto no descansa hasta que descansa en lo que ama" — y el de ese padre amaba demasiadas cosas a la vez para descansar nunca del todo.
De Francisco de Asís heredan la costumbre de hablarle a los animales como a colegas de trabajo. Al gallo del patio le dicen "compadre" y le reclaman puntualidad cuando canta tarde. Regalan su almuerzo sin que se lo pidan y después dicen, muertos de risa, que "la plata se hizo redonda para que ruede". Cuando se enojan —cosa rara, pero pasa— hasta las gallinas del patio parecen dejar de poner huevos esa semana, por pura solidaridad con el ambiente de la casa. Nadie lo comprueba científicamente. Nadie quiere hacerlo.
Y de Freire, sin haber abierto jamás la Pedagogía del Oprimido, tienen la regla de oro: antes de hablar, escuchar. Se sientan con los vecinos del barrio horas enteras, sin apuro, dejando que el otro termine de decir lo que tiene que decir antes de soltar su opinión. "El que llega gritando soluciones es porque no escuchó el problema" — frase que ningún padre latinoamericano necesitó leer en un libro para practicarla en el patio de su casa. Y de Anthony de Mello, el humor con que se ríen hasta de su propia solemnidad: en el momento más serio, el chiste más fuera de lugar y más certero, ese que hace reír a una sala entera justo cuando todo pesaba demasiado. Esa es su versión del absurdo sagrado.
Hoy, Día del Padre, esta carta no es para uno solo. Es para todos los que reconocen ese ronquido, esa pregunta sobre el tiempo, ese gallo llamado compadre, esa manera de escuchar antes de hablar. Sin que ellos lo supieran, hablaban la misma voz que después muchos encontramos escrita en latín, en francés, en portugués de Brasil, en libros que ellos jamás abrieron. La raíz no se explica siempre con teoría. A veces se explica con un hombre dormido en la banca de la iglesia, despertando justo a tiempo para dar gracias.
— Hugo Patricio
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