La desolación del educador (Loyola)
No prediques con el alma rota — primero suéltala
Esta semana media Venezuela despertó dos veces de golpe: dos terremotos en treinta y nueve segundos, miles de heridos, edificios que eran aulas, casas, vidas enteras. Y en cada escuela de este continente —incluida la tuya, aunque el epicentro haya quedado lejos— hubo un maestro que tuvo que entrar al aula el jueves con esa noticia todavía adentro, sin saber qué hacer con ella.
Antes de hablarte de los estudiantes, hablemos de ti.
«Llamo desolación todo el contrario de la consolación: oscuridad del ánima, turbación en ella […] hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador.»
«En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos.»
Loyola no escribió esto desde un escritorio cómodo. Lo escribió convaleciente, con una pierna destrozada por una bala de cañón en Pamplona, en una cama de la que no sabía si se levantaría a caminar de nuevo. Su «desolación» no es una metáfora piadosa: es la palabra exacta para el día en que el alma se siente separada de todo, incluso de Dios. Y lo más raro de su consejo no es que nombre la herida —eso lo hace cualquiera—. Lo raro es lo que pide después: que en ese estado no tomes decisiones grandes, que no cambies de rumbo, que te quedes firme exactamente donde estabas antes de quebrarte.
Eso contradice el reflejo más común del gremio docente: si estoy roto, debo cancelar la clase, suavizar el contenido, fingir que no pasó nada o, al otro extremo, convertir el aula entera en un velatorio. Loyola propone una tercera vía, más difícil: presentarte igual, con el plan de siempre, pero sin la mentira de la fortaleza fingida. No se trata de actuar como si nada, sino de no huir hacia ningún extremo mientras el alma todavía está oscura. La firmeza no es entereza emocional —es simplemente no soltar el timón mientras dura la tormenta.
Aterrízalo así: ese estudiante que esta semana tiene familia en Venezuela, o que simplemente vio las imágenes y no puede dejar de pensar en ello, no necesita que tú tengas la respuesta. Necesita verte de pie, sin discurso de superhéroe ni colapso disimulado. Necesita un adulto que admita —sin pedir permiso para hacerlo— que esto también le pesa, y que aun así abrió la puerta del aula esa mañana.
Para hoy
No le ocultes a tus estudiantes que esta semana te costó entrar al aula. No cambies tu plan por pánico ni lo blindes por orgullo: quédate firme donde estabas, con la herida visible y las manos quietas.
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