Lo que reconocimos.
La aldea, de cerca
Un resumen sin protocolo de la semana que pasó — con los perfiles que todos reconocemos y nadie admite ser
Esta semana hablamos de la aldea. De las relaciones que sostienen — o quiebran — el acto de educar. De identidad, de clima, de huellas, de jefes, de padres, de pactos. Todo muy serio. Todo muy necesario.
Y ahora, el sábado. El día en que la aldea se sienta, respira y se mira con un poco más de distancia — que es la única manera de verse sin ponerse a llorar.
Porque la verdad es que en toda aldea educativa coexisten, en perfecta y caótica armonía, los siguientes perfiles:
- El árbol con frutos (y con moretones) Lleva veinte años dando clase, tiene alumnos que regresan a agradecerle, y también tres quejas formales del padre del chico que nunca entregó nada. Los dos hechos coexisten sin contradicción. Sabe que las piedras son buena señal, aunque en el momento duelan igual.
- El que obedece y el que manda (a veces la misma persona) En la mañana firma el memorando del Director exigiendo puntualidad. En la tarde llega diez minutos tarde a su propia reunión de área. No lo ve. O sí lo ve, pero confía en que nadie tomó lista.
- El dialogante en teoría Habla en todas las reuniones sobre la importancia de la escucha activa. Interrumpe tres veces mientras el colega expone su propuesta. Termina diciendo: «Exactamente lo que yo estaba pensando», aunque no era exactamente eso.
- El padre de familia que solo aparece cuando hay problema No fue a la reunión de representantes. No fue a la entrega de notas. No fue a la feria de ciencias. Pero el día que su hijo reprobó Matemáticas, llegó a las ocho de la mañana con toda la energía que no gastó durante el año.
- El firmante del Pacto sin saberlo Nunca oyó hablar del Pacto Educativo Global. Nunca leyó la encíclica ni el Instrumentum Laboris. Pero lleva años poniendo a la persona en el centro, escuchando a los jóvenes, abriendo la puerta a los más vulnerables y cuidando la casa común — que en su caso es un aula con el ventilador roto desde octubre. Lo vive. No lo nombra. Que es, quizás, la forma más honesta de firmarlo.
- El gato de la fotocopiadora No educa. No firma nada. No tiene reuniones. Pero está ahí cada mañana, impasible, mientras el mundo se reorganiza a su alrededor. En algún sentido, es el más zen de toda la aldea.
El Director entra a la sala de profesores un lunes a las siete de la mañana. Ve a tres docentes dormitando sobre sus planificaciones, a uno tomando café de la máquina que nadie sabe quién trajo, y a otro mirando el techo con la expresión de quien acaba de recordar que olvidó algo importante pero ya no recuerda qué.
El Director respira. Recuerda lo que leyó esta semana sobre el clima de la comunidad, sobre el diálogo, sobre el pacto. Y dice, con genuina calidez:
«Buenos días. ¿Cómo están?»
Nadie responde. El de la máquina de café levanta el vaso a modo de saludo.
El Director también sirve un café. Se sienta. Y por una vez, no dice nada más. Solo está ahí.
Eso, también, es parte del pacto.
La aldea no es perfecta. La aldea es esto: gente cansada, comprometida, contradictoria y, en el fondo, convencida de que lo que hace importa — aunque algunos días cueste recordarlo.
El lunes que viene, el primer timbre suena igual. La diferencia es lo que cada uno decide hacer antes de que suene.
¿Cuál de los perfiles de esta semana te resultó más familiar? No el que admiraste. El que reconociste.
Cerramos el Arco VII · La aldea que educa. El lunes comienza un nuevo arco.
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