El que manda también obedece
El que manda también obedece
La relación con los jefes — vista desde arriba y desde abajo al mismo tiempo
«Aquellos que han sido constituidos sobre los otros, gloríense de esa prelacía tanto cuanto si hubiesen sido destinados al oficio de lavar los pies a los hermanos.»
Francisco de Asís · Admoniciones · Cap. IVPocas relaciones en la vida institucional generan más desgaste que la que existe entre el educador y sus superiores. Y pocas son tan mal comprendidas — desde arriba y desde abajo — como esta.
De La Salle tenía sobre esto una convicción que sacudía en sus tiempos y sigue sacudiendo: la obediencia al superior no es servilismo. Es un acto de fe. Quien obedece no lo hace porque el jefe sea infalible — muchas veces no lo es — sino porque reconoce que la misión que comparte con ese jefe es más grande que el desacuerdo del momento. Eso es lo que De La Salle llamaba «obediencia animada por la fe»: no la sumisión ciega, sino la confianza activa en algo que está más allá de las dos personas en la sala.
«Quienes obedecen a su superior, con la mira de que obedecen al mismo Dios, enaltecen tanto su obediencia con esta mirada de fe, que se convierte en uno de los actos más eminentes que se puedan realizar.»
Juan Bautista de La Salle · Meditaciones para los Domingos · MD 9,1,1Pero De La Salle también tenía algo que decir al que manda. Y en esto Francisco de Asís lo anticipa con una claridad que descoloca: el que fue puesto sobre los demás no tiene nada de qué enorgullecerse. Su lugar es el del que lava los pies. Si se turba más por perder el cargo que por perder el servicio, algo en él ya se torció.
Aquí está la doble tensión que el Pacto Educativo Global nombra — sin usar estas palabras — cuando habla de una «alianza entre todos los que forman la aldea educativa». Una alianza no es una jerarquía que se tolera. Es una red donde el que está arriba sabe que depende de los que están abajo, y el que está abajo sabe que el que está arriba carga un peso que él mismo no ve.
«La segunda fuente del desorden proviene por parte de los superiores, que dejan a sus inferiores en cierta ociosidad y no los ejercitan nunca. [...] Cuando se da alguna orden, algunos la cumplen solo en parte; otros replican; otros rehúsan en absoluto.»
Juan Bautista de La Salle · Meditaciones para los Domingos · MD 13,3,1De La Salle pone el dedo en la llaga: el desorden en la obediencia casi siempre tiene dos responsables. El subordinado que obedece «con flojedad» o con condiciones. Y el superior que no sabe mandar porque nunca se ha preguntado si lo que pide tiene sentido para el que recibe la orden.
La relación sana entre el educador y sus jefes no se construye con documentos firmados ni con reuniones de planificación. Se construye con dos preguntas honestas que casi nadie se anima a formular en voz alta: ¿Qué necesitas de mí para que esto funcione? — dicha por el jefe — y ¿Qué estoy haciendo yo para que sea posible que me pidan lo que me piden? — dicha por el educador.
El Pacto no es un documento que firmaron los gobiernos. Es el acuerdo tácito que ocurre — o no ocurre — cada vez que un director entra al aula de un docente y lo que hace primero es escuchar.
Si eres quien recibe órdenes: ¿obedeces con la intención puesta en la misión o en tu comodidad? Si eres quien las da: ¿tu última instrucción le facilitó el trabajo a alguien — o solo te lo facilitó a ti?
Esta reflexión es parte del Arco VII · La aldea que educa — una semana mirando las relaciones que sostienen (o quiebran) el acto de educar.
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