Nadie arroja piedras a un árbol sin frutos
Nadie arroja piedras a un árbol sin frutos
La huella que el maestro deja — y por qué los que más duelen son los que más dan
«Nadie arroja piedras a un árbol sin frutos.»
Anthony de Mello, SJ · Un minuto para el absurdoUna asistenta social le contaba al Maestro cuánto bien podría haber hecho por los pobres si no hubiera gastado tanto tiempo y energía protegiéndose de calumnias, malentendidos y críticas. El Maestro la escuchó con atención. Luego, sin rodeos, le dijo: «Nadie arroja piedras a un árbol sin frutos».
De Mello no explica el cuento. No lo necesita. Pero vale la pena quedarse un momento con él, porque tiene una segunda lectura que la primera no muestra: las piedras no son el problema. Son la señal.
Si a un educador le llueven cuestionamientos — de alumnos que empujan los límites, de colegas que incomodan con comparaciones, de padres que exigen, de autoridades que observan — hay una posibilidad que raramente nos atrevemos a considerar en serio: que todo eso ocurre precisamente porque algo en ese educador está dando fruto. Los árboles pelados nadie los toca. A los que cargan con algo vale la pena sacudirlos.
La huella que un maestro deja no se mide en las ceremonias de fin de año, donde el discurso siempre es amable. Se mide en los momentos donde alguien — un exalumno de hace quince años, un estudiante que reprobó y aun así regresa — dice: usted fue el único que no me dejó caer. Esa frase nunca se pronuncia sobre un árbol sin frutos.
«Hay que renovar la pasión por una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión.»
Papa Francisco · Pacto Educativo Global · 2019El Pacto no habla de educadores perfectos. Habla de educadores apasionados. Y la pasión, en cualquier árbol, produce fruto — y también atrae piedras. Eso no es injusticia. Es la lógica de todo lo que vale la pena.
La pregunta entonces no es cómo evitar las piedras. Es si el árbol está dando frutos de verdad — o si solo está bien podado, prolijo y vacío, de esos que nadie molesta porque nadie espera nada de ellos.
Hay educadores que llevan décadas sin que nadie les arroje nada. Eso tampoco es paz. Eso es invisibilidad.
Piensa en una crítica reciente que te dolió. Luego pregúntate: ¿qué fruto mío estaba viendo el que lanzó esa piedra? A veces la respuesta es incómoda. Casi siempre es iluminadora.
Esta reflexión es parte del Arco VII · La aldea que educa — una semana mirando las relaciones que sostienen (o quiebran) el acto de educar.
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