Hechos una torre de Babel?
«La primera elección no es entre un "sí" o un "no" a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: de un lado, el poder que pretende dominar el cielo; del otro, un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna.»
León XIV · Magnifica Humanitas, §9 · 15 mayo 2026
La encíclica más extensa del pontificado de León XIV comienza con dos imágenes del libro del Génesis y del libro de Nehemías. Podría haber comenzado con un gráfico de tendencias de la IA, con un análisis de mercado laboral, con estadísticas de brecha digital. Eligió una torre que se derrumba y una ciudad que se reconstruye ladrillo a ladrillo. Eligió bien.
Babel es el proyecto educativo del maestro solo. No el maestro introvertido ni el maestro tímido — el maestro que construye su aula como si fuera su reino privado. Sin contar con nadie. Sin rendirle cuentas a nadie. Sin necesitar a nadie. Una lengua, un método, un criterio: el suyo. La torre crece, impresiona, y se derrumba. Siempre se derrumba. Porque una construcción sin comunión no tiene cimientos.
Nehemías es otra cosa. Llega a Jerusalén en ruinas, no con un plan impuesto desde arriba, sino con una pregunta y una escucha. Examina los muros en silencio antes de hablar. Luego convoca. Confía a cada familia, a cada grupo, a cada persona un tramo de muro. Sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres, jóvenes — todos construyen su parte. La ciudad renace no porque alguien lo hizo todo, sino porque cada uno hizo su parte dentro de un propósito compartido.
Aquí entra lo que esta semana ha venido construyendo reflexión a reflexión: el artesano que trabaja pieza a pieza (#46), el maestro que ofrece lo que la pantalla no puede dar (#47), el mártir de lo cotidiano que persevera sin público (#48), el docente que se replantea sin perder su identidad (#49). Ninguno de esos perfiles funciona en soledad. El artesano necesita taller. El que sostiene relaciones fiables necesita una comunidad que sostenga las suyas. El mártir cotidiano resiste mejor cuando sabe que hay otros que también resisten. El que se replantea crece más cuando lo hace con otros.
León XIV termina la encíclica volviendo a Nehemías: ladrillo tras ladrillo, reconstruye con el pueblo las murallas de Jerusalén. Y en él reconoce una parábola para nuestro tiempo — no la del héroe solitario que resuelve la crisis, sino la del que escucha, discierne, convoca y camina con otros. Esa es la figura del educador que esta semana hemos estado mirando desde cinco ángulos distintos. No el maestro perfecto. El maestro que camina en compañía.
Identifica a un colega con quien puedas construir algo — no un proyecto formal, no un documento institucional. Algo concreto y pequeño: una clase juntos, una reflexión compartida, un acuerdo sobre cómo evaluar de manera más humana. Un ladrillo. Solo uno. Así empieza Jerusalén.
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