Tres miradas
Lo que el maestro ve
que los otros no ven
Para el educador que todavía cree que enseñar importa.
"Lo que más me impresiona es la luz. Fíjate en esos rayos de sol que se filtran hasta el fondo: todo se hace claro a su contacto. La luz añade a la vida el misterio."El maestro del cuento · Antonio Botana, FSC · Itinerario del Educador, Cuadernos MEL 8/9, Tema 3 · Hermanos de las Escuelas Cristianas, Roma
Un príncipe tenía tres amigos sabios: un escultor, un científico y un maestro. Un día los llevó, uno por uno, al jardín. En el centro había un estanque. A cada uno le hizo la misma pregunta: ¿qué te llama más la atención?
El escultor admiró el pretil de mármol finamente tallado. El científico observó el agua, las flores de loto, los peces, los insectos — la vida que bullía. El maestro miró todo eso y luego dijo algo que el príncipe no esperaba: "Lo que más me impresiona es la luz."
El príncipe no entendió. La luz no estaba en el estanque. La luz no era el estanque. La luz era lo que hacía al estanque diferente cada hora del día, lo que permitía que la vida creciera dentro, lo que proyectaba formas en la pared que nadie más había notado. La luz era el misterio activo.
El Hermano Antonio Botana escribió este cuento no para hablar del agua ni del mármol. Lo escribió para hablar de cómo el educador mira a sus estudiantes. Y la pregunta que deja es incómoda: ¿con cuál de las tres miradas llevas mirando esta semana?
Las tres miradas no son iguales. Tampoco son intercambiables.
Ve lo que el estudiante podría ser. Ve el bloque de mármol y ya tiene en la cabeza la figura terminada. Miguel Ángel decía del Moisés: "Está aquí dentro. Basta quitar lo que sobra para que aparezca." Positivo, constructivo. Pero con un problema serio: el escultor trabaja a su antojo. Modela según su visión. Se olvida de preguntar. El riesgo del maestro-escultor es fabricar alumnos a su imagen y semejanza — y llamar a eso educar.
Observa, analiza, mide. Registra aciertos y errores, clasifica capacidades, prevé respuestas. Objetiva. Sistemática. Pero el maestro-científico tiende a catalogar — y el paso siguiente a catalogar es seleccionar. Lo que "no rinde" se descuida para no perder tiempo. La mirada científica elimina el misterio sin darse cuenta: la libertad del alumno, lo inesperado de la gracia, la trayectoria vocacional que no cabe en ninguna rúbrica de evaluación.
No prescinde del escultor ni del científico — los incluye. Pero su gran acierto está en lo que el Hno. Botana llama "el margen abierto que deja al Misterio". El maestro que ha aprendido a ver la luz en su propia persona la ve también en la persona del alumno. No encasilla porque sabe que el estudiante es impredecible — y que esa imprevisibilidad no es un problema a resolver sino la señal de que hay alguien vivo ahí adentro.
El sistema educativo premia las dos primeras miradas. El escultor produce resultados visibles. El científico produce datos medibles. La mirada del maestro no aparece en ningún instrumento de evaluación docente. Y sin embargo es la única que, cuarenta años después, el estudiante todavía recuerda.
Hay una frase de un adolescente que Botana cita en el documento — y que vale más que cualquier diagnóstico educativo reciente. El chico dice: "La impresión que tengo a veces es que, cuando me miran, ven en mí un ordenador, que cumple con su función en cuanto guarda y repite con fidelidad la información que se le da. Pero de mis problemas como persona, de lo que yo quiero, de mis preocupaciones, de mis ilusiones... parece que no quieren saber nada."
Ese adolescente describió con precisión clínica la diferencia entre el maestro que da clase y el maestro que educa. No es una diferencia de técnica ni de pedagogía. Es una diferencia de mirada.
Llevamos años enseñando a ver. Nadie nos enseñó a mirar. Y no es lo mismo.
Ver es registrar lo que está. Mirar es estar atento a lo que todavía no aparece pero ya está ahí. El maestro del cuento no inventó la luz. La luz ya estaba. Lo que hizo fue no apartar los ojos hasta que la vio. Y al nombrarla, los demás también pudieron verla.
Eso es, en el fondo, lo que hace un educador. No pone la luz. No fabrica el mármol. No clasifica los peces. Simplemente — y no hay nada simple en esto — aprende a ver lo que los demás aún no ven, y se queda ahí el tiempo suficiente para que el estudiante también pueda verlo en sí mismo.
Este fin de semana el aula está vacía. Los estudiantes no están. Y sin embargo, si cierras los ojos y piensas en cada uno, algo aparece — una imagen, un gesto, una frase, algo que dijeron o callaron esta semana. Eso que aparece es lo que tu mirada ha estado guardando sin que te dieras cuenta.
Pregunta entonces: ¿qué guardaste? ¿El pretil de mármol? ¿Los datos del registro? ¿O la luz que nadie más estaba mirando?
Para este fin de semana
No hace falta hacer nada con esto todavía. El lunes habrá tiempo de actuar.
Pero hoy, en algún momento del fin de semana, piensa en un estudiante — uno solo — en el que esta semana viste algo que no estaba en ninguna nota ni en ningún informe.
¿Qué era esa luz?¿Se lo dijiste?
Si no se lo dijiste, el lunes todavía está a tiempo.
La luz no desaparece porque nadie la nombre.
Pero crece un poco más cuando alguien la ve en voz alta.
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