Ternura no es sentimentalismo.
La ternura que el sistema no contempla
O por qué el maestro que no se permite ser movido no puede mover a nadie
«Servir significa inclinarse hacia quien tiene necesidad y tenderle la mano, sin cálculos, sin temor, con ternura y comprensión.»
Papa Francisco · Pacto Educativo Global · Instrumentum laboris · 2019
Hay un momento que no aparece en ningún instrumento de evaluación. No está en los indicadores ministeriales, no cabe en el portafolio pedagógico, no figura en la autoevaluación anual. Es el momento en que un maestro es movido por algo que dijo o hizo un estudiante — y decide, en medio segundo, si lo muestra o lo oculta.
La mayoría de los maestros ha aprendido a ocultarlo. No porque sean fríos. Porque el sistema, con el tiempo y sin decirlo jamás en voz alta, les enseñó que la distancia emocional es una forma de integridad profesional. Que involucrarse demasiado es un riesgo. Que la objetividad, en el aula, protege.
Hannah Arendt, citada en el mismo documento, va al fondo: «La educación es el momento que decide si amamos lo suficiente al mundo como para responsabilizarnos de él.» El motor de la educación no es la metodología. Es el amor. Y la ternura es la forma concreta, cotidiana y poco glamorosa en que ese amor aparece en el aula. No en los discursos de fin de año. En febrero, cuando todavía quedan cuatro meses de clases y el entusiasmo de inicio de año ya se fue.
En las escuelas urbanas la distancia tiene justificación legítima: cuarenta estudiantes, carga administrativa abrumadora, familias difíciles, violencia institucional de fondo. Mantener distancia es un mecanismo de supervivencia comprensible. El problema es cuando el mecanismo se vuelve permanente, cuando la armadura ya no se quita, cuando el maestro ya no recuerda qué se siente al ser movido por lo que ocurre en el aula.
La revolución de la ternura que propone el Pacto no es un llamado a la fragilidad. Es un llamado a dejar de confundir la armadura con la persona. El maestro que puede ser movido — que deja que algo de lo que vive en el aula realmente aterrice — no ha perdido la compostura profesional. Ha conservado su humanidad. Y eso, en un aula, es la diferencia entre transmitir contenidos y educar.
Para hoy
Una sola pregunta: ¿cuándo fue la última vez que algo que hizo o dijo un estudiante te movió? No te impresionó — te movió. Algo que te hizo detenerte, aunque fuera medio segundo, antes de seguir.
Si tienes que ir muy atrás para encontrarlo, la pregunta no es si eres buen maestro. La pregunta es si todavía estás lo suficientemente presente como para que algo te alcance.
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