Armónicamente.
La armonía que
nadie escucha
Para el educador que lleva cinco días rodeado de ruido.
"Pusieron en marcha una grabadora, la dejaron a la entrada de la tienda y se fueron a dormir. Cuando verificaron la grabación: ni un solo sonido; el más absoluto silencio. El Maestro dijo de pronto: ¿No lo oís? —¿Oír qué? —La armonía de las galaxias en movimiento."Anthony de Mello, SJ · Un minuto para el absurdo · Sal Terrae, Santander
La ciudad no sabe hacer silencio. Lo intenta los domingos por la mañana — apaga algunos motores, detiene algunos autobuses — pero no sabe. Siempre queda algo: una moto, un perro, una televisión encendida al fondo de un pasillo, el semáforo que cambia para nadie.
El maestro que llega al domingo después de cinco días de aula arrastra también ese ruido. El timbre. Los pasillos. Las reuniones que pudieron ser un correo. Los formularios del sistema. El padre de familia que esperó a las cuatro de la tarde para decirle lo que piensa. Todo eso sigue sonando aunque ya no esté en la escuela.
De Mello cuenta que unos monjes fueron al bosque a grabar el silencio nocturno. Una noche entera. Al reproducir la cinta: nada. El más absoluto silencio.
Un silencio cósmico lo inundaba todo, pero ellos querían averiguar si había algún tipo de sonidos durante la noche. De modo que pusieron en marcha una grabadora, la dejaron a la entrada de la tienda y se fueron a dormir.
Cuando regresaron al monasterio, verificaron la grabación que habían hecho: ni un solo sonido; el más absoluto silencio.
El Maestro, que estaba escuchando la cinta, dijo de pronto: «¿No lo oís?»
«¿Oír qué?»
«La armonía de las galaxias en movimiento».
Los discípulos se miraron unos a otros, completamente asombrados.
La historia tiene la estructura de un kōan zen — no está diseñada para ser entendida de inmediato. Está diseñada para instalarse. Para que uno siga con su día y de pronto, en algún momento, algo encaje.
Lo que los monjes grabaron era silencio. Lo que el Maestro escuchó era otra cosa. No porque tuviera mejor equipo — sino porque tenía otro tipo de atención.
Eso es lo que De Mello llama, a lo largo de toda su obra, awareness — conciencia, atención, presencia. No es un estado místico reservado para monjes en bosques. Es la capacidad de estar suficientemente quieto por dentro como para percibir lo que está pasando realmente — en el aula, en el estudiante, en uno mismo.
El problema del maestro moderno no es falta de información. Tiene cursos, manuales, capacitaciones, actualizaciones curriculares. El problema es que lleva tanto ruido encima que ya no puede escuchar lo que está justo debajo de la superficie. Y lo que está justo debajo de la superficie suele ser lo único que importa.
El estudiante que se porta mal casi nunca se porta mal por las razones que parecen. El maestro que no puede escuchar la armonía de fondo solo ve el ruido de superficie. Y gestiona el ruido. Y se agota gestionando el ruido. Y el estudiante sigue igual.
Hay un dato que vale la pena considerar sin prisa: De Mello era jesuita, formado en la tradición de Ignacio de Loyola — hombre de discernimiento, de atención al movimiento interior, de la pregunta que no busca respuesta rápida sino movimiento real. Cuando De Mello pone al Maestro escuchando galaxias en una cinta de silencio, no está siendo poético por ser poético. Está describiendo lo que ocurre cuando alguien ha aprendido a callar lo suficiente como para oír lo que los instrumentos no registran.
La ciudad de hoy tampoco lo registra. El semáforo cambia. El bus pasa. La plaza queda vacía. Y sin embargo, si uno se sienta un momento — sin el celular, sin la lista de pendientes del lunes, sin ensayar lo que dirá en la reunión de padres — algo se mueve que no tiene nombre en el vocabulario del sistema educativo.
Los monjes creyeron que habían grabado nada. Habían grabado todo. Solo que no sabían escuchar a esa profundidad.
El maestro que llega al lunes sin haber tenido un domingo real — sin haber hecho silencio aunque sea un momento, sin haber dejado de gestionar aunque sea una hora — llega con la misma grabadora vacía. Técnicamente funciona. Registra. Reproduce. Pero la armonía de fondo ya no la capta.
Y esa armonía es exactamente lo que el estudiante más necesita que el maestro le devuelva: la certeza de que hay algo en él que vale la pena escuchar. Algo más hondo que la nota, más hondo que la conducta, más hondo que lo que aparece en el registro de asistencia.
Galaxias en movimiento. En cada aula. Todos los días. Casi nadie las oye.
Para este domingo
Hoy no hay tarea. No hay reflexión para llevar al lunes.
Solo esto:
Busca diez minutos hoy.Sin pantalla. Sin lista de pendientes.
Sin ensayar el lunes.
Solo quietud.
No para oír nada en particular.
Sino para volver a ser el tipo de persona
que todavía puede escuchar.
El lunes llega solo. La armonía, no.
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