La sabiduría no puede enseñarse.
La sabiduría no puede enseñarse
Pero sí puede aprenderse. Y eso lo cambia todo — especialmente en una sala de maestros.
"¿Qué quieres que te enseñe?", le preguntó el Maestro.Anthony de Mello SJ · Un minuto para el absurdo · póstumo, 1987
"La sabiduría".
"Lo haría con mucho gusto, amigo mío, si no fuera porque existe un gran obstáculo..."
"¿Y cuál es ese obstáculo?"
"Que la sabiduría no puede enseñarse".
"Entonces, ¿no tengo nada que aprender aquí?"
"La sabiduría no puede enseñarse, pero sí puede aprenderse."
Anthony de Mello murió en Nueva York en la noche del 1 de junio de 1987, pocas horas después de haber aterrizado. Llevaba consigo el manuscrito de este libro, listo para la imprenta según él mismo había dicho. Lo que dejó no es un manual de pedagogía. Es una colección de interrupciones: pequeños relatos diseñados para detener el piloto automático del lector en el momento menos esperado.
El cuento del Gobernador es uno de ellos. Un hombre que lo ha tenido todo — poder, reconocimiento, influencia — renuncia a su cargo y busca al Maestro con una sola petición: que le enseñe sabiduría. La respuesta lo detiene en seco. No hay negativa. Hay algo peor: una distinción. La sabiduría no puede transmitirse de un cerebro a otro como un archivo adjunto. Pero puede germinar, si la condición es la correcta.
Hay docentes que llevan décadas esperando que alguien les enseñe lo que la carrera no les dio: cómo sostener la autoridad sin perder la cercanía, cómo llegar a los estudiantes que ya cerraron la puerta, cómo seguir encontrando sentido cuando el sistema institucional parece diseñado para agotarlo. Esperan el curso correcto, el capacitador con metodología probada, la jornada pedagógica que por fin diga algo nuevo.
De Mello sugiere que esa espera tiene un error de base. No porque los cursos sean inútiles —algunos no lo son— sino porque la sabiduría que el maestro necesita no viaja en esa dirección. Viaja en otra: lateral, oblicua, no programada. Viaja en la conversación con la colega que lleva veinticinco años en el aula y nunca ha dado una charla en su vida pero resuelve en diez minutos lo que otro no resuelve en un semestre. Viaja en el relato del director que admite en voz baja que también se equivocó. Viaja en el silencio compartido cuando algo salió mal y nadie necesita explicarlo.
De Mello lo confirma desde otro ángulo, con una precisión que irrita precisamente porque es exacta:
"Lo malo de los profesores es que suelen olvidar que el fin de la educación no es el aprendizaje, sino la vida."Anthony de Mello SJ · Un minuto para el absurdo · póstumo, 1987
La trampa no es ser mal docente. La trampa es creer que el aprendizaje es el destino. Un maestro que acumula técnicas, estrategias y certificados sin preguntarse qué vida está ayudando a construir, ha confundido el camino con la llegada. Y esa confusión, tarde o temprano, lo vacía.
La comunidad de docentes — cuando funciona como tal y no como protocolo administrativo — corrige esa confusión sin proponérselo. Porque en ella circulan historias de vida reales: la del estudiante que abandonó y volvió, la del padre que no aparecía y un día llegó, la del aula que fracasó según todos los indicadores y sin embargo algo cambió en alguien. Esas historias no se enseñan. Se comparten. Y en ese acto de compartirlas, algo se aprende que ningún manual contiene.
El docente de mediana carrera tiene acceso a esa fuente — si decide sentarse junto a quien ya la conoce. No para recibir instrucción. Para estar disponible.
Busca hoy a un colega con más años de aula que los tuyos — no para pedirle consejo, sino para escuchar cómo habla de sus estudiantes. En ese modo de hablar hay más pedagogía que en muchos libros. Y está disponible, sin costo, a pocos metros.
¿Esta reflexión te llegó? Compártela con otro educador.
Únete al grupo Educadores con raíz en WhatsApp:
chat.whatsapp.com/LLnQUdGna44BHzlTmA38Fg
puedes colaborar escaneando
el código con tu celular.
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por el tiempo que dedicas a leernos!