Lunes por la mañana.

La verdadera alegría · Con raíz y propósito
Francisco de Asís · Reflexión #20 Lunes · Para entrar al aula

La verdadera alegría

Maestro en la puerta del lunes — la mano en la reja, la luz en los dedos
"Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma."
Francisco de Asís · La Verdadera Alegría [VerAl] · Escritos completos, Directorio Franciscano · dictado a fray León, Santa María de la Porciúncula, c. 1220

Francisco de Asís le dictó a fray León una lista. No era una lista de logros ni de virtudes. Era una lista de cosas que, siendo extraordinarias, no son la verdadera alegría.

Escúchala despacio, porque cada ítem de esa lista es exactamente lo que el sistema educativo considera un éxito:

Que todos los maestros de París ingresen a la Orden
Que los reyes de Francia e Inglaterra se conviertan
Que sus frailes conviertan a todos los infieles
Que tenga gracia de Dios para sanar enfermos y hacer milagros
Llegar de noche, cubierto de lodo y hielo, y que la puerta no se abra

La lógica es escandalosa. Francisco no está celebrando el fracaso ni predicando el masoquismo espiritual. Está diciendo algo mucho más preciso: que la alegría que depende del reconocimiento, del resultado, de la puerta que se abre — esa alegría es frágil. Se rompe en cuanto la puerta no se abre.

La alegría que no se rompe cuando la puerta no se abre — esa es la única que vale la pena cargar al trabajo.

El texto es del siglo XIII pero la escena es de hoy. Francisco vuelve de Perusa — que equivale a volver del cursillo de fin de semana, de la reunión distrital, de los tres días de formación donde todo tenía sentido. Llega de noche. Hay lodo. Hay frío. Los canelones de hielo en la túnica le hieren las piernas y mana sangre. Golpea.

El texto · Francisco de Asís · VerAl, c. 1220

«Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.

Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es? Yo respondo: El hermano Francisco.

Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás.

E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.

Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche.

Y él responde: No lo haré.»

Lo que hace Francisco ante esa puerta cerrada no es rendirse ni explotar. Se queda. Sin alterarse. Sin perder la paz. Y en esa paciencia — no en los milagros, no en los reyes convertidos — dice que está la verdadera alegría.

El educador entra al aula el lunes con una historia del fin de semana que nadie le va a preguntar. Con una fatiga que el sistema no mide. Con una vocación que el contrato no menciona. Y la puerta no siempre lo espera abierta.

A veces el estudiante que no mira. A veces la institución que no escucha. A veces la reunión de coordinación que ocupa el tiempo de lo que verdaderamente importa. A veces el colega que dice — con otras palabras pero con la misma estructura — nosotros somos tantos y tales que no te necesitamos.

Francisco no ofrece una solución a la puerta cerrada. No dice cómo abrirla. No propone estrategias de gestión del conflicto ni técnicas de comunicación asertiva. Dice algo que el siglo XXI no sabe cómo procesar: que la alegría verdadera no está del otro lado de la puerta. Está en la manera de quedarse frente a ella.

Tres días de fin de semana para aprender a ver, a escuchar, a descansar.
El lunes para aprender algo que Francisco entendió parado en el barro:
entrar al aula no requiere que la puerta te espere con los brazos abiertos.
Requiere que tú hayas decidido, de antemano, no alterarte si no es así.

Eso no es resignación. Es la forma más radical de libertad que existe: que tu alegría no dependa de lo que encuentras al llegar. Que la traigas puesta desde antes de salir de casa.

El lunes es una puerta. Siempre lo es. La pregunta no es si se abre fácil o difícil. La pregunta es qué traes en las manos cuando golpeas.

Para hoy

Antes de entrar al aula esta mañana — en el pasillo, en el estacionamiento, en el bus — un solo momento.

¿Mi alegría hoy depende
de que la puerta me abra bien?
¿O la traigo conmigo?

Francisco golpeó en el barro y en el frío.
Y no se alteró.

Eso no lo enseña ningún manual de pedagogía.
Pero es lo que los estudiantes recuerdan cuarenta años después.

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Comentarios

  1. Gracias por compartir esta reflexión que nos enseña a controlar nuestras emociones ante los demás y con más énfasis si somos docentes.

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