Reflexión Domingo.
Llevas años enseñando.
¿Has estado ahí?
El piloto automático también llega puntual, firma la asistencia y dice buenos días.
Existe un tipo de maestro que administrativamente es perfecto. Nunca falta. Nunca llega tarde. El libro de clases está al día con una caligrafía que da envidia. Los exámenes, devueltos en el plazo reglamentario con observaciones escritas en rojo que nadie lee. Asiste a las reuniones, suscribe los acuerdos, coloca la firma donde corresponde. Lleva doce años así. Y lleva nueve sin recordar el nombre de un estudiante sin consultar la lista. El piloto automático también cumple. El problema es que no enseña.
Anthony de Mello —jesuita indio, maestro de espiritualidad y del humor más afilado del siglo XX— tenía una palabra para esto: condicionamiento. Y una pregunta que lanzaba como quien suelta una piedra en un estanque quieto: ¿hay algo que pueda acabar con los condicionamientos y liberarnos?
"¿Y hay algo que pueda acabar con los condicionamientos y liberarnos?" "Sí", dijo el Maestro. "La conciencia." Y, como si lo hubiera pensado mejor, añadió: "…y la catástrofe."
— Anthony de Mello, SJ · Un minuto para el absurdo · 1988La conciencia. Y la catástrofe. De Mello no estaba siendo pesimista — estaba siendo preciso. La conciencia es el camino largo, el que requiere voluntad y práctica y la incomodidad de mirarse sin filtros. La catástrofe es el camino corto: el estudiante que te dice en la cara que no entendió nada en todo el año, el diagnóstico médico que detiene el mundo, la crisis institucional que obliga a parar y pensar. A veces hace falta naufragar para darse cuenta de que uno estaba dormido.
El piloto automático en el aula no es un fenómeno raro ni vergonzoso. Es casi inevitable después de ciertos años. El cerebro, que es un órgano de eficiencia brutal, automatiza lo que puede para liberar recursos. El problema es que automatiza también lo que no debería: la mirada al estudiante, el tono de voz con el que explica la tercera vez lo mismo, la decisión de si este chico tiene posibilidades o no. Lo que debería ser decisión consciente se convierte en hábito. Y el hábito, dice De Mello, es el sueño con los ojos abiertos.
De Mello contaba la historia del padre que compró un piano para que sus hijos aprendieran música. Llegó esa noche a casa y los encontró contemplándolo perplejos. Al verlo entrar le preguntaron: "¿Cómo se enciende?" La tecnología convertida en objeto de admiración pasiva, no de uso activo. Trasladado al aula: cuántos maestros creen que con tener el recurso encendido —el proyector, la plataforma, el aula virtual— ya están enseñando. El instrumento brillante en el centro, los estudiantes mirándolo sin saber qué hacer con él, y el maestro satisfecho con la evidencia fotográfica.
Aquí entra la tensión que el proyecto lleva semanas construyendo sin nombrarlo del todo. De La Salle pedía perseverancia: sigue aunque no lo sientas, la vocación no es sentimiento sino decisión sostenida. Verdad. Pero De Mello añade la condición que La Salle asumía y que nosotros a veces olvidamos:
"Persevera aunque no lo sientas. La vocación no es emoción — es decisión sostenida en el tiempo."
"Pero primero despierta. La perseverancia dormida no es virtud — es inercia con buena conciencia."
No son contradictorios. Son secuenciales. Primero despiertas — te das cuenta de que estás en piloto automático, de que llevas tiempo cumpliendo sin estar. Luego perseveras, pero desde la conciencia, no desde el hábito anestesiado. El ideal que emerge de ese diálogo tiene nombre: constancia consciente. No el maestro que aguanta porque no sabe hacer otra cosa. El maestro que elige volver, todos los días, con los ojos abiertos.
La conciencia no es iluminación mística ni retiro espiritual de fin de semana. Es algo más sencillo y más exigente: el momento en que te sorprendes haciendo algo en automático y decides interrumpirlo. El instante en que preguntas algo al aula sin saber de antemano la respuesta. La pausa antes de escribir el nombre en la lista — y pronunciarlo, por una vez, como si fuera la primera vez que lo dices.
Llevas años enseñando. Eso ya es extraordinario en este mundo que no retiene nada. La pregunta de hoy no cuestiona los años — los honra. Pregunta qué tan despierto estuviste en ellos. Y si la respuesta incomoda un poco, eso es exactamente la conciencia tocando la puerta. Todavía no la catástrofe. Todavía el camino largo.
Una pregunta que no sepas responder.
Un nombre dicho como si fuera nuevo.
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