Ánimo que nada es para siempre.

Levántate, que el invierno pasó — Pan de Casa #42
Pan de Casa #42 Cantar de los Cantares

Levántate, que el invierno pasó

El texto más antiguo sobre la primavera no está en ningún manual de liderazgo educativo. Está en un poema de amor de tres mil años que describe con exactitud lo que le ocurre al maestro cuando la vocación vuelve a moverse.

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"Mi amado me habló y me dijo: Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven. Porque el invierno pasó, las lluvias se fueron y se alejaron. Han aparecido flores en la tierra, ha llegado el tiempo de la poda, y se oye la voz de la tórtola en nuestra tierra."
Cantar de los Cantares · 2, 10–12 · texto hebreo, c. siglo X–III a.C.

El Cantar de los Cantares es el único libro de la Biblia que no menciona a Dios. No hay mandamiento, no hay profecía, no hay moraleja. Hay dos voces que se buscan, se pierden y se vuelven a encontrar — y entre ellas, uno de los retratos más precisos que existe del momento en que algo dormido decide salir.

El invierno no es una metáfora decorativa. En la economía del Cantar, el invierno es el tiempo del encierro, de la espera sin movimiento, de la vida que aguarda sin certeza de cuándo terminará la oscuridad. Y la voz que llama no dice "construye la primavera" ni "diseña un plan para salir." Dice algo más desconcertante: el invierno ya pasó. Lo que falta no es que llegue algo. Es que alguien se levante.

El sistema educativo tiene una habilidad extraordinaria para convencer a los maestros de que sigue siendo invierno cuando las flores llevan semanas brotando.

El docente que lleva veinte años en el aula conoce varios inviernos. El de la reforma que llegó sin consultar a nadie. El del año en que los estudiantes no respondieron a nada. El del directivo que gestionaba por memorándum y llamaba a eso conducción pedagógica. Cada uno de esos inviernos dejó su marca — y algunos dejaron también la costumbre del encierro, esa tendencia a replegarse que con el tiempo se confunde con prudencia.

Pero el Cantar señala algo que ningún diagnóstico institucional recoge: hay un momento en que el invierno termina no porque el sistema mejore sino porque algo adentro se niega a seguir esperando. Aparecen flores. Se escucha la tórtola. El tiempo de la poda ha llegado — y la poda, en la tradición del viñedo mediterráneo, no es destrucción sino precisamente lo contrario: el corte que hace posible el fruto nuevo.

La comunidad docente es el lugar donde alguien puede decirte en voz alta lo que tú ya sabes pero no te has permitido creer: que hay algo en ti que quiere salir, y que el momento es ahora.

La segunda imagen del Cantar que detiene la lectura es más silenciosa. No es el llamado sino la sombra:

"Me senté bajo su sombra con gran deleite, y su fruto fue dulce a mi paladar. Me llevó a la sala del banquete, y su bandera sobre mí era amor."
Cantar de los Cantares · 2, 3b–4 · texto hebreo, c. siglo X–III a.C.

La sala del banquete no es un auditorio. No es una jornada de capacitación con coffee break. Es el espacio donde alguien fue llevado — no empujado, no convocado por oficio circular — y donde lo que encontró fue suficiente. Dulce. Con bandera de amor, dice el texto, que es una imagen militar usada al revés: no para avanzar sino para marcar dónde se está bien.

El claustro docente que funciona como comunidad real tiene algo de eso. No todo el tiempo — sería demasiado pedir. Pero en algunos momentos: cuando alguien trae al patio una idea que lleva meses guardando, cuando se comparte un fracaso sin que nadie aproveche la ocasión para dar consejos, cuando la risa ocurre porque todos han vivido exactamente lo mismo y nadie necesita explicarlo.

Esos momentos son la primavera del Cantar trasladada a una institución educativa. No los produce el plan de mejora. Los produce la decisión de algunas personas de levantarse — de salir del repliegue, de la queja privada, del cinismo protector — y estar disponibles para que algo nuevo ocurra.

La voz del Cantar no convoca a una tarea. Convoca a una presencia. Levántate y ven. Eso es todo. Lo demás — las flores, la tórtola, el fruto dulce — viene después. Pero primero hay que levantarse.

Para hoy

Hay algo que lleva tiempo queriendo salir — una idea, un proyecto pequeño, una conversación pendiente con un colega. Hoy no hace falta desarrollarlo. Solo hace falta reconocer que existe y que el invierno, en ese punto, ya terminó.

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