Embajadores de Cristo

El único embajador sin inmunidad diplomática · Con raíz y propósito
Serie Lasallista · Reflexión #17 1 de mayo · Día del Trabajo

El único embajador
sin inmunidad diplomática

Maestro caminando al alba en la ciudad — Con raíz y propósito
"Vuestro celo debe llevaros a inspirar eso a vuestros discípulos, como si el mismo Dios los exhortara por vosotros, ya que sois los embajadores de Jesucristo."
Juan Bautista de La Salle · Meditaciones para el tiempo de retiro, MR 201, 2, 1 · Primera edición póstuma, Ruán, c. 1730

Hoy, primero de mayo. El mundo tiene un rito: desfilar. Las confederaciones marchan. Los discursos celebran. Algún funcionario firmará una resolución reconociendo la dignidad del trabajo docente. Habrá fotografías y aplausos.

Y en medio de todo ese ruido protocolario, De La Salle dice algo que nadie va a poner en el discurso oficial de hoy: tú no eres solo un trabajador. Eres un embajador.

La palabra en el siglo XVII no era metáfora decorativa. Un embajador habla en nombre de quien lo envió. Sus palabras comprometen a su soberano. No tiene opinión propia ante el receptor — tiene la posición de quien lo mandó. Y su dignidad no viene de su salario sino de la jerarquía que representa.

De La Salle escribió esto para maestros que enseñaban a leer a los hijos de los pobres en Francia. Hombres que no eran sacerdotes, no eran nobles, no tenían reconocimiento civil alguno. El mundo exterior los veía como instructores de oficio menor. De La Salle les dijo: cuando entran al aula, no entran solos. Entran representando a alguien.

Eso es una desestabilización radical. No "ustedes son importantes" — ese es el lenguaje del discurso oficial de cada primero de mayo. Sino: ustedes son mensajeros de otro. Lo que hacen en el aula no los compromete solo a ustedes.

Ahora bien. Aquí viene lo que De La Salle no alcanzó a ver, o quizás vio y decidió no decir.

Un embajador de verdad tiene inmunidad diplomática. No lo pueden detener en el país donde trabaja. Tiene un edificio con bandera, un sueldo acorde a su misión, un gobierno que lo defiende cuando el receptor lo maltrata. Si lo insultan, hay consecuencias internacionales. Si lo ignoran, hay nota diplomática.

El maestro latinoamericano tiene... un carnet de docente, dos trabajos para llegar a fin de mes, y un sistema que le pide vocación y rigor con la misma cara con que le exige cuarenta formularios antes del viernes. Lo insultan en reuniones de padres de familia. Lo ignoran en el presupuesto nacional. Las consecuencias internacionales brillan por su ausencia.

La desestabilización no es que De La Salle estuviera equivocado. Es que tenía razón en el sentido más incómodo posible: sí eres embajador. Pero en este continente, los embajadores de lo que verdaderamente importa no reciben escolta. Reciben tiza — si acaso la compras tú mismo.

Y aun así. Ese título cambia algo.

Porque si eres embajador — si cuando hablas en el aula es como si el mismo Dios exhortara por ti, como escribe De La Salle — entonces cada niño que tienes delante no es un número de matrícula en el sistema. Es alguien a quien llegas representando a otro. Eso no es metáfora piadosa. Es una manera radicalmente diferente de pararse frente a un grupo humano.

El trabajador cumple el contrato. El embajador cumple la misión. Son dos anatomías diferentes del mismo oficio. Cambia cómo los miras. Cambia cuánta paciencia aguantas cuando el sistema te tiene en el límite. Cambia qué dejas en el aula y qué te llevas a casa.

El maestro que sale a marchar hoy por sus derechos laborales — y tiene toda la razón al hacerlo — y mañana entra al aula con lo que De La Salle describe no se contradice. Se complementa. Reclama la dignidad del trabajo y la dignidad de la misión. Las dos cosas. Al mismo tiempo. Sin que una cancele a la otra.

Eso incomoda a todos los bandos. El sistema prefiere que elijas uno de los dos títulos. Si eres solo trabajador, eres gestionable. Si eres solo embajador, eres idealizable — y lo que se idealiza no necesita ser pagado mejor ni tener mejores condiciones. Llevar los dos incómoda a todos. Y eso es señal de que toca algo verdadero.

De La Salle no escribió esto para motivarte. Lo escribió porque describía lo que veía: maestros que entraban al aula con algo que el sistema no les podía dar ni quitar. Tres siglos después, el sistema cambió. Eso, no.

Hoy es el Día del Trabajo. Bien que exista. Bien que los maestros marchen y reclamen lo que les corresponde. El mundo les debe más de lo que les da — eso no está en discusión.

Pero hay algo que los discursos de hoy no van a decir: que el maestro que tiene esto claro — que es embajador además de trabajador — trabaja de otra manera. No mejor en el sentido técnico. Diferente en el sentido humano. Y que esa diferencia, a veces, sin que nadie la registre en ningún indicador, cambia algo en alguien que cuarenta años después todavía lo recuerda.

Para hoy

Hoy márchate más temprano si puedes. Descansa. El sistema puede esperar un día.

Pero antes de que acabe, pregúntate esto:

En los últimos cinco días en el aula,
¿actuaste como empleado o como embajador?

No hay respuesta correcta. Hay solo honestidad.
Y un tercer título que De La Salle no menciona pero que también llevas:
el de alguien que decidió quedarse aunque podría haberse ido.

Eso tampoco aparece en ningún decreto. Pero tampoco se olvida.

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