Celosos y celosas.
El celo no es activismo
Lo que mueve la mano en el aula no es el horario
Hay un tipo de educador que impresiona desde lejos. Llega primero, sale último, administra cuatro grupos de WhatsApp, sube historias motivacionales a las once de la noche, asiste a todos los talleres de capacitación —incluyendo los del sábado a distancia que nadie quiere—, porta tres carpetas de evidencias y, según él, siempre "está para los chicos." Es un ser extraordinariamente activo. Y hay años —muchos años— en que esa actividad no ha mirado de verdad los ojos de un estudiante.
No es un caso raro. Es casi un estándar institucional. El sistema premia el movimiento, la carpeta llena, el informe prolijo, la asistencia al evento. Y confunde, con una eficiencia envidiable, activismo con vocación, presencia física con presencia real, ruido con celo.
"No es el mucho hacer lo que define a un buen educador, sino la actitud interior que inspira el comportamiento educativo. En esta actitud, la persona del alumno aparece en el centro de atención del educador."
— Antonio Botana, fsc · Itinerario del Educador, Tema 4 · Cuadernos MEL 8/9 · Hermanos de las Escuelas CristianasAntonio Botana escribió esto para educadores lasalianos en formación inicial. Pero el texto golpea igual —o más fuerte— al maestro de veinticinco años de servicio que sigue corriendo sin saber bien hacia dónde. Porque el problema no es la carrera: es saber desde qué raíz se corre.
En el lenguaje lasalliano, el celo no es actividad: es la actitud espiritual interior que vivifica y anima toda la actividad. Botana lo resume con una imagen que no tiene desperdicio: "El celo es el fruto que lleva la savia de la raíz." El árbol sin raíz aguanta de pie mientras no haya viento. En la primera tormenta, ya saben.
Juan Bautista de La Salle lo formuló con una exigencia que todavía incomoda. No habló de planificación ni de competencias. Habló de responsabilidad existencial:
"Vosotros os habéis comprometido a responder ante Dios por aquellos que instruís; y, al tomar a vuestro cargo el cuidado de sus almas, le habéis ofrecido en cierto modo alma por alma."
— De La Salle · Meditaciones para el tiempo de retiro, MR 137,3 · Rouen, c.1730Alma por alma. No carpeta por carpeta. No evidencia por evidencia. El hombre no estaba hablando de burocracia educativa; estaba hablando de un intercambio entre personas que compromete la vida entera. Eso es celo: la conciencia de que hay un alma del otro lado del pupitre —y que esa alma me importa más que el indicador de gestión.
Aquí entra el contexto que vivimos. Zygmunt Bauman diagnosticó hace dos décadas lo que hoy palpamos en las aulas con las manos: la modernidad líquida, donde nada es sólido, los compromisos duran lo que dura la conexión, las identidades se intercambian como contratos de suscripción y el largo plazo es una categoría arcaica. En ese mundo líquido, un educador con celo —con esa densidad interior que no cede— es casi un anacronismo subversivo. Un árbol en el desierto asfaltado.
"En la modernidad líquida, los compromisos duraderos parecen una trampa, las obligaciones permanentes una amenaza."
— Zygmunt Bauman · Modernidad Líquida · FCE, 2000Y luego está el debate sobre la llamada "generación de cristal": esa acusación que los adultos —muchos de ellos agotados y sin herramientas para procesar su propio cansancio— lanzan sobre los jóvenes. Frágiles. Incapaces de tolerar la frustración. Necesitados de validación permanente. El problema es que varios de quienes lanzan esa acusación tampoco han aprendido a tolerar el silencio de un alumno que no entiende. Confunden dureza con solidez. Confunden gritar con enseñar. Confunden aguantar con resiliencia.
La empatía —saber desde adentro lo que siente el otro, no como ejercicio terapéutico sino como acto pedagógico fundamental— no es debilidad psicológica de moda. Es la forma contemporánea del celo. Y la resiliencia —seguir de pie cuando el sistema empuja hacia abajo, cuando el bus llega tarde y el aula huele a humedad y el informe venció ayer— no es estoicismo encubierto ni indiferencia con diploma. Es la forma contemporánea de lo que De La Salle llamó "perseverar en el ministerio."
Hoy mismo, en el bus de las seis y cuarto de la mañana —ese bus que huele a paraguas mojado y a café que se enfría—, va un maestro de cuarenta y tres años que no durmió bien, que arrastra dos materias extra por carga horaria y que lleva dos años esperando que le suban el grado. Ese maestro sigue yendo. No porque el POA lo exija. No porque el director lo vigile. Sigue yendo por algo que no tiene nombre en el Informe de Gestión ni en el indicador de desempeño docente.
Eso que lo mueve —invisible, silencioso, terco como la raíz bajo el cemento— es lo que Botana llama la savia. Lo que De La Salle llamó celo. Lo que hoy, si tuviéramos que ponerle otro nombre sin miedo a sonar cursis, llamaríamos amor con columna vertebral.
No es sentimentalismo. No es el maestro que llora en cada acto cívico y abraza indiscriminadamente. Es el maestro que se queda diez minutos más —no porque se lo pidan, sino porque algo dentro le dice que este estudiante todavía no entendió, y que eso importa. Esa es la diferencia entre activismo y celo. Una diferencia que el sistema no mide. Que los estudiantes, en cambio, sienten perfectamente.
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