Cuando todos estaban reunidos
Cuando todos estaban reunidos
El Cenáculo no fue un lugar sagrado. Fue el único lugar donde nadie quería estar solo.
"Todos los que estaban allí reunidos fueron llenos del Espíritu Santo. (…) Todos se habían dispersado después de verlo expirar en la cruz. Se habían escondido por miedo a la muerte. Pero, una vez recibido el Espíritu Santo, se reunieron en asamblea en el mismo lugar, y allí se animaban; se alentaban a padecer por su nombre; se consideraban felices por ello y se regocijaban."De La Salle · MD 43,2,1 · Meditaciones para todos los domingos del año · Ruán, c. 1731
Juan Bautista de La Salle escribió esta meditación en sus últimos años, recluido en San Yon, a orillas del Sena. Tenía más de sesenta años, había peleado décadas contra el gremio de los maestros titulados, contra el arzobispo, contra sus propios hermanos en momentos de fractura interna. Sabía exactamente lo que significa que un grupo se disperse cuando las cosas se ponen feas.
Lo que le llama la atención del relato de Pentecostés no es el milagro. Es la escena previa: gente que había fallado colectivamente, que tenía razones de sobra para no confiar en nadie, que llevaba días encerrada por miedo — y que, a pesar de todo eso, seguía en el mismo lugar.
Cuarenta años en la educación, dos reformas curriculares encima, una pandemia que cambió todo sin que nadie preguntara la opinión de los que estaban en las aulas, y un proceso de evaluación docente que más parece un interrogatorio que un acompañamiento — y aún así, cada lunes, llegas. No porque seas un héroe. Sino porque hay algo en vos que todavía sabe que esto no se hace solo.
De La Salle no idealiza el Cenáculo. No dice que los apóstoles eran extraordinarios. Dice que estaban reunidos. Eso es todo. Y que de esa reunión — no de la excelencia individual de cada uno, sino del hecho simple de estar juntos — salió algo que ninguno hubiera producido por separado.
Aquí viene la incomodidad: muchas salas de maestros se parecen más a una sala de espera que a un Cenáculo. Café frío, silencio de agotamiento, celulares boca abajo, el colega que te pregunta si llenaste el formulario del Plan Educativo Institucional. No hay nada malo en eso — es lo que hay. El problema es creer que eso es todo lo que puede ser.
La meditación de De La Salle para Pentecostés no pide que tu plantel tenga un proyecto de cultura organizacional ni que el rector convoque un taller de trabajo colaborativo. Pide algo más básico y más difícil: que cuando estén reunidos, estén realmente reunidos. Que alguien se anime a decir lo que está pasando. Que alguien escuche sin esperar su turno para quejarse. Que el mismo lugar donde se dispersaron — de cansancio, de burocracia, de soledad profesional — se convierta en el lugar donde vuelven a encontrarse.
Hay una pedagogía ahí que De La Salle entendió antes que cualquier teoría organizacional: la transformación no le pertenece al individuo más comprometido. Le pertenece al grupo. Y el grupo no tiene que ser perfecto para que algo ocurra — tiene que estar presente.
Docente de mediana carrera: ya pasaste la etapa en que creías que ibas a cambiar el sistema tú solo. Ya sabes que no. Pero también sabes que algo cambia cuando hay dos o tres que hablan en serio después del recreo, que se pasan un artículo sin que nadie lo haya pedido, que se ríen de la misma absurdidad sin que eso los paralice. Eso, aunque no tenga nombre oficial ni conste en ningún Plan de Mejora Institucional, es comunidad. Y la comunidad es, según De La Salle, el lugar donde algo que no viene de vos puede entrar.
Hoy, en algún momento del día, mira a dos colegas con quienes compartes espacio pero no compartes casi nada. No para hacer un proyecto. No para resolver un problema. Solo para notar que están ahí. La comunidad empieza antes de cualquier acuerdo — empieza cuando alguien decide mirar.
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