Buenos cristianos y buenos ciudadanos.
El maestro que no te ve
De la crueldad visible a la indiferencia perfecta
«La mayoría de los cristianos solo consideran la urbanidad y la cortesía como una cualidad puramente humana y mundana... Eso manifiesta claramente el poco sentido cristiano que hay en el mundo.»
San Juan Bautista de La Salle · Reglas de Cortesía y Urbanidad Cristianas · ca. 1703
En toda institución educativa hay un maestro al que todos temen y un maestro al que nadie nota. Del primero se habla en los pasillos, se lo menciona en las quejas, aparece en los informes. Del segundo no hay registro. Nunca fue reportado. Nunca hizo nada suficientemente grave como para justificar una conversación. Y sin embargo, el daño que hace es de otro orden.
El maestro cruel hiere. El maestro indiferente borra. Y entre ambos hay una diferencia que la pedagogía no termina de asumir: para ser herido, uno tiene que ser visto. La herida, paradójicamente, es prueba de existencia. La indiferencia no hiere — niega. Le dice al estudiante, en silencio y sin testigos, que su presencia no altera nada.
De La Salle escribió sobre cortesía cuando nadie esperaba que un sacerdote de Reims se preocupara por los modales de los hijos de los artesanos pobres. Y lo que dijo fue incómodo entonces como lo sigue siendo ahora: la cortesía no es protocolo. Es un acto teológico. Es la manera concreta y cotidiana en que reconocemos que la persona frente a nosotros tiene dignidad. Mirar a alguien a los ojos, llamarle por su nombre, detenerse un momento antes de continuar — todo eso no es amabilidad opcional. Es la gramática básica de la relación educativa.
El aula urbana ha perfeccionado esta forma de extinción silenciosa. Luz fluorescente, cuarenta estudiantes, un currículo que cumplir. El maestro habla. Los estudiantes están, técnicamente. Nadie fue expulsado. Nadie fue agredido. Y sin embargo, al salir, varios de esos estudiantes no podrían decir con certeza si el maestro sabe cómo se llaman.
Para hoy
Una prueba sencilla, casi vergonzosamente sencilla: ¿cuántos nombres sabes de los estudiantes que se sientan en el centro del aula? No los que participan. No los que dan problemas. Los que están en el medio. Los invisibles.
Si la respuesta te incomoda, ya tienes el diagnóstico. La cortesía que De La Salle consideraba virtud teológica empieza, antes que en cualquier tratado, en saber el nombre de la persona que tienes enfrente. Todo lo demás viene después.
Hugo Patricio Chávez
Riobamba, Ecuador
Con raíz y propósito
Reflexiones para educadores
Un espacio para educadores que todavía se preguntan si lo que hacen importa.
Y que quieren que importe más.
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