Replantearse la caminada...

Pan de Casa #49 León XIV · Magnifica Humanitas
docente frente al espejo con dos versiones de sí mismo tradicional y digital

«La organización de la escuela, los espacios, los métodos de evaluación y la propia figura del docente deben replantearse con vistas a una formación verdaderamente integral, abierta a todas las dimensiones de la persona.»

León XIV · Magnifica Humanitas, §145 · 15 mayo 2026

Replantearse. No reinventarse, no descartarse, no actualizarse con el último recurso digital disponible. La palabra que elige León XIV es más incómoda que todas esas: replantearse. Implica detenerse. Mirarse. Hacerse preguntas que el ritmo diario normalmente no deja espacio para hacerse.

El §145 de la Magnifica Humanitas diagnostica con precisión lo que ocurre cuando los sistemas educativos no reaccionan a tiempo: los planes de estudios quedan obsoletos, los métodos de evaluación miden lo que ya no importa, los espacios siguen organizados para una pedagogía que nadie practica. Y en medio de ese diagnóstico, la encíclica coloca la figura del docente. No como problema. Como parte de la solución que también necesita ser repensada.

Replantearse no significa que lo que hiciste estuvo mal. Significa que el mundo cambió suficiente como para que valga la pena preguntarte de nuevo quién eres como maestro y qué es lo que realmente importa de tu trabajo.

Hay dos errores simétricos ante esa convocatoria. El primero: asumir que replantear significa abandonar todo lo anterior y convertirse en un operador de plataformas educativas. El segundo: resistirse al replanteamiento y defender la figura clásica del maestro como si el mundo no hubiera cambiado. Los dos errores comparten la misma raíz: el miedo a la tensión.

La tensión entre lo que fuiste como maestro y lo que el momento pide que seas no es un problema a resolver. Es el territorio donde ocurre el crecimiento profesional real. Quien la evita —hacia cualquier lado— se queda quieto.

El documento es concreto en lo que implica el replanteamiento: formación continua a lo largo de toda la vida profesional. No el curso de actualización que se hace por requisito y se olvida. Formación real, sostenida, que permita al maestro dialogar de manera positiva con las nuevas tecnologías — ni seducido por ellas ni hostil a ellas. Dialogar. Desde una posición propia, con criterio, con capacidad de elegir.

Qué conservar — el conocimiento íntimo del estudiante, la paciencia estructural, la memoria del proceso, la relación fiable. Eso no lo reemplaza ninguna tecnología.
Qué revisar — los métodos de evaluación que miden solo lo que es fácil de medir. Los espacios que siguen organizados para la transmisión unidireccional. Los ritmos que no dejan tiempo para pensar.
Qué aprender — a dialogar con herramientas que cambian rápido sin perder el criterio sobre qué sirve para la formación integral y qué solo sirve para parecer moderno.

La encíclica habla de formación verdaderamente integral, abierta a todas las dimensiones de la persona. Ese es el norte. No el estudiante que sabe usar las herramientas digitales del momento. El estudiante que tiene libertad interior, pensamiento crítico, capacidad de relacionarse, sentido de la trascendencia y del bien común. Formar eso requiere un maestro que también lo tenga — o que al menos esté en camino de tenerlo.

Un maestro que no se replantea termina enseñando las respuestas de su propia época a preguntas que sus estudiantes ya no están haciendo. El replanteamiento no es una amenaza a la identidad docente. Es la condición para que esa identidad siga siendo real.
Para hoy

Elige un aspecto de tu práctica que no has cuestionado en mucho tiempo — un método de evaluación, una forma de organizar la clase, un hábito de trabajo. No para eliminarlo. Para preguntarte si todavía sirve para lo que tiene que servir. Esa pregunta sola ya es formación.

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