Poner en movimiento los corazones
Les convenceréis más con el ejemplo
De La Salle usó el verbo "tocar" treinta y cinco veces en sus escritos. No quería decir acariciar. Quería decir mover — como una espada que penetra.
"Les convenceréis mucho mejor con el ejemplo de una conducta juiciosa y modesta, que con todas las palabras que pudierais decirles."De La Salle · citado en Cahier Lasallien 12 · Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas
Este sábado cierra un arco. Siete reflexiones sobre la comunidad docente como lugar donde algo esencial ocurre — o donde podría ocurrir, si nos lo permitimos. Antes de cerrar, vale detenerse en la pregunta que subyace a todo lo que hemos recorrido esta semana: ¿qué es, en el fondo, lo que transforma a un estudiante?
De La Salle tenía una respuesta que incomodaba a sus contemporáneos y que sigue incomodando a los nuestros: no son las palabras. Son los actos. No el contenido bien explicado, sino la vida coherente del que lo explica. Y para decirlo utilizó una imagen que en el siglo XVII no sonaba sentimental sino técnica: tocar el corazón.
El verbo "tocar" aparece al menos treinta y cinco veces en sus escritos. En su época tenía la acepción del manejo de las armas blancas: penetrar, hacer que algo cambie en profundidad. No rozar — atravesar. De La Salle no pedía maestros que emocionaran a sus alumnos. Pedía maestros capaces de moverlos hacia algo que no hubieran alcanzado solos.
La condición para eso no es el dominio de la materia — aunque importa. Es la coherencia. El maestro cuya vida contradice lo que enseña no enseña nada, o enseña la contradicción. Y los estudiantes, que no leen los documentos institucionales pero sí perciben con precisión milimétrica la distancia entre el discurso y la conducta de quien está frente a ellos, aprenden exactamente eso: que las palabras y los actos pueden ir por caminos separados.
De La Salle fue más lejos aún. En las Meditaciones para las Fiestas nombró lo que el maestro puede obrar como algo que no tiene otro nombre disponible:
"Vosotros podéis obrar algunos milagros (…) en vuestro empleo, moviendo los corazones de los que están confiados a vuestros cuidados, y haciendo que sean dóciles y fieles. Esos son los milagros que Dios os da poder obrar y que exige de vosotros."De La Salle · MF 180,3 · Meditaciones para las Fiestas · Obras Completas
Milagros. La palabra suena desproporcionada hasta que uno recuerda lo que significa: un cambio que no podría haber ocurrido solo, que requirió la intervención de algo o alguien externo. El estudiante que aprende a leer cuando nadie creía que podría. El adolescente que encuentra en un aula lo que no encontró en ningún otro lugar. La persona que decide seguir estudiando porque un maestro la miró de un modo que todavía no ha olvidado. Eso es lo que De La Salle llamaba milagro. Y decía que no era excepcional — era el trabajo ordinario del maestro comprometido.
Pero hay una condición que el Cahier 62 formula con precisión técnica, y que completa el cuadro:
"Para mover los corazones es preciso establecer antes una relación personal intensa."Cahier Lasallien 62 · La Guía de las Escuelas · Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas
Una relación personal intensa. No administrada. No gestionada con técnicas de vínculo afectivo. Intensa — en el sentido de que implica al maestro entero, no solo su competencia disciplinar. El maestro que está presente con el cuerpo pero ausente con el espíritu no construye esa relación. El maestro que enseña lo que no vive tampoco.
La comunidad docente que este arco ha explorado — el Cenáculo, la sabiduría que se aprende pero no se enseña, la desolación que no debe decidir, la primavera que llama a salir, la Guía construida desde la práctica, la diferencia entre equipo y comunidad — desemboca aquí: en el maestro que entra al aula con algo más que un plan de clase. Con su vida. Con su ejemplo. Con la coherencia entre lo que dice y lo que hace.
Eso, y no otra cosa, es lo que De La Salle llamaba conocimiento significativo. No el que el docente posee — el que el docente encarna.
Una sola pregunta para el fin de semana: ¿hay algo que enseño con palabras y contradigo con mi conducta? No para flagelarse — para saberlo. El maestro que se conoce a sí mismo enseña con más verdad que el que solo conoce su materia.
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