En Comunidad y en Misión.
Nadie lo firmó sin haberlo vivido
La Guía de las Escuelas tardó décadas en construirse. La redactaron maestros que la habían practicado durante años. Eso es lo opuesto de cómo se hacen hoy los proyectos educativos institucionales.
"…después de numerosos intercambios que, en período de vacaciones durante muchos años, reunieron los Hermanos de este Instituto más veteranos y mejor capacitados para dar bien la clase, y después de una experiencia de muchos años."De La Salle · Guía de las Escuelas, GE 0,0,2 · Prefacio · Ms. 1706; primera edición 1720
Existe un documento del siglo XVII que ningún ministerio de educación habría aprobado hoy. No tiene marco teórico. No cita bibliografía. No fue elaborado por consultores externos ni validado por una comisión técnica. Lo escribieron maestros — maestros de aula, con tiza en los dedos y años de práctica encima — que se reunían en sus períodos de descanso para preguntarse juntos qué había funcionado y qué no.
Eso fue la Guía de las Escuelas. El primer documento de investigación-acción de la historia de la educación occidental, aunque nadie lo llamara así en 1706. Un proyecto colectivo, inductivo, construido desde abajo — exactamente lo contrario del modelo que conocemos: el documento elaborado en un despacho, enviado por correo, firmado sin leerlo.
El criterio de validación que estableció el Prefacio de la Guía merece leerse despacio, porque no ha envejecido ni un día:
"No se ha incluido en ella nada que no haya sido bien acordado y probado, cuyas ventajas e inconvenientes no se hayan ponderado, y de lo que no se haya previsto, en la medida de lo posible, los errores o las malas consecuencias."De La Salle · Guía de las Escuelas, GE 0,0,2 · Ms. 1706
Acordado. Probado. Ponderado. Previsto. Cuatro verbos que implican tiempo, deliberación colectiva y humildad ante la experiencia. La Guía no fue un documento de intenciones — fue el destilado de lo que un grupo de personas había aprendido haciendo, equivocándose y corrigiendo juntos durante años.
El docente de mediana carrera reconoce de inmediato la diferencia entre ese proceso y el que vive hoy. El Proyecto Educativo Institucional llega cuando ya está redactado. La reforma curricular trae sus formatos. El plan de mejora tiene sus indicadores predefinidos. Hay que llenar los campos — no construir el contenido. Y cuando alguien sugiere que algo no está funcionando, la respuesta institucional suele ser un nuevo formato para registrar el problema, no un espacio para resolverlo.
La comunidad que describía el Cahier lasaliano tenía una finalidad que tampoco aparece en los organigramas actuales: "asegurar que cada uno encuentre en los otros el apoyo de un entusiasmo común y de una ayuda mutua." No el cumplimiento de metas. No la gestión por resultados. El entusiasmo. La ayuda. Dos palabras que suenan casi ingenuas en el lenguaje de la administración educativa contemporánea — y que son, sin embargo, lo que sostiene a un maestro cuando todo lo demás falla.
La razón última que justificaba la existencia de esa comunidad era también la más sencilla y la más exigente: las necesidades educativas de los jóvenes. No el horario. No el currículo. No la evaluación institucional. Los jóvenes — con su nombre, con su historia, con lo que traen cada mañana al salón de clase.
El claustro docente que construye misión común no necesita un facilitador externo ni un taller de dos días. Necesita tiempo real para preguntarse, con la honestidad que solo da la confianza entre colegas: ¿qué estamos logrando? ¿qué no? ¿qué cambiaríamos si pudiéramos? La Guía de las Escuelas no fue más que eso — una respuesta colectiva, paciente y rigurosa a esas tres preguntas.
"La comunidad lasaliana asegura la formación profesional y espiritual de los maestros, y el que cada uno encuentre en los otros el apoyo de un entusiasmo común y de una ayuda mutua."Cahier 08/09 · Cuadernos MEL · Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas
Piense en una práctica que lleva años usando y que sabe que funciona — no porque alguien se lo haya dicho, sino porque lo ha visto con sus propios estudiantes. Eso es conocimiento probado. Vale más que muchos documentos. Y merece ser compartido.
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... Dentro de las necesidades educativas de los jóvenes se debe incluir también sus necesidades emocionales y espirituales para que el aprendizaje sea integral... Hace falta empatia, amor por los demás...
ResponderEliminar"El problema, señor, sigue siendo, sembrar amor... gracias por escribir.
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