Otro cascabel al mismo gato -IA Generativa y tareas escolares
El círculo que nadie quiere ver: IA, tareas escolares y docentes que tampoco saben
17 de abril de 2026 · Hugo Patricio Chávez
Leí hace unos días, en algún rincón de las redes, una de esas afirmaciones que circulan como verdad establecida: que la inteligencia artificial va a transformar la educación porque ahora los alumnos tienen ayuda personalizada disponible las veinticuatro horas.
Quien lo escribía lo decía con entusiasmo genuino. Y yo, que llevo más de veinticinco años en aulas y en instituciones educativas, no pude evitar pensar: qué bonito suena eso. Qué lejos está de lo que ocurre.
Lo que ocurre es esto: un estudiante recibe una tarea, no la entiende del todo, abre ChatGPT o cualquier otra IA generativa, escribe algo parecido a la instrucción del maestro, y recibe una respuesta. La respuesta parece completa. Tiene párrafos, tiene estructura, a veces hasta tiene bibliografía. El alumno la entrega. El profesor la corrige. La nota es mala. Y nadie entiende bien por qué.
Lo que nadie dice en voz alta es que la IA falló porque la instrucción era insuficiente. Y la instrucción era insuficiente porque el docente tampoco tenía del todo claro qué quería evaluar.
Ahí está el problema. No en la tecnología.
Las tareas escolares, en una proporción que incomoda reconocer, carecen de intencionalidad pedagógica precisa. No porque los maestros sean negligentes, sino porque muchos no han tenido que explicitar nunca qué habilidad están evaluando, qué evidencia les sirve como prueba de aprendizaje ni por qué eligieron esa actividad y no otra. El sistema les ha pedido planificar, no pensar. Y planificar, en muchos contextos institucionales, significa llenar un formato con los campos correctos.
Aquí viene la parte que me resulta más perturbadora, la que rara vez aparece en los debates sobre educación y tecnología: hay docentes que usan IA generativa para redactar sus planificaciones, sus guías de trabajo y sus instrucciones de evaluación. Sin comprensión curricular propia detrás. Sin haber tomado una decisión pedagógica real. La IA genera la tarea, el alumno usa la IA para resolverla, el docente usa la IA para corregir o para armar la rúbrica.
El círculo se cierra. Las formas se preservan —hay planificación, hay entrega, hay nota— pero el aprendizaje no ocurrió en ningún punto de la cadena. El currículo quedó como decorado.
Podría decir que la solución es la formación continua en uso de IA, y sería una respuesta razonable y completamente insuficiente. La formación continua, como la conocemos en la región, llega tarde, dura poco y se evalúa con asistencia, no con cambio de práctica. Un taller de veinte horas sobre "herramientas digitales en el aula" no mueve nada estructural si el docente sigue sin saber qué quiere que sus alumnos aprendan y por qué.
Lo que hace falta es más difícil y menos vendible como política pública: reconstruir la identidad profesional del docente desde lo que yo llamaría autoría pedagógica. Un maestro que sabe con precisión qué habilidad está trabajando, por qué eligió esa actividad y qué haría distinto si el alumno no la alcanza, ese maestro no puede ser reemplazado por una IA en el diseño de su clase. Porque lo que pone en juego no es información sino juicio situado: conoce a ese grupo, en ese contexto, con esa historia curricular específica. Ese juicio no se delega.
El problema es que muchos sistemas educativos, incluido el nuestro, han desprofesionalizado la docencia al punto de que el maestro recibe planificaciones estandarizadas, sigue textos prescritos y ejecuta evaluaciones diseñadas desde arriba. En ese modelo, la IA no invade nada: simplemente ocupa el espacio que el sistema ya había vaciado.
La inteligencia artificial no creó esta crisis. La hizo visible. Y esa es, quizás, su contribución más honesta a la educación: mostrarnos, sin misericordia, dónde no había nadie pensando.
Entonces sí, toca decirlo sin rodeos: el problema no es que los estudiantes usen IA. El problema es que a veces el docente también la usa, y ninguno de los dos sabe exactamente qué está haciendo ni para qué. Si la respuesta institucional sigue siendo capacitar a los maestros en "cómo detectar si un alumno usó IA" en lugar de formarlos en intencionalidad pedagógica y diseño de tareas con propósito, el círculo no se rompe. Gira. Y seguirá girando.
¿Cuándo fue la última vez que un docente de tu institución —o tú mismo— diseñó una tarea que la IA sola no pudiera resolver?

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