Siempre se puede empezar de nuevo...

No tengo altar. Teilhard tampoco. Y aun así consagró el mundo. | Con raíz y propósito

Reflexión N.° 12 · Semana del 21 al 27 de abril de 2026

Teilhard de Chardin SJ Sierra ecuatoriana Domingo, 27 de abril de 2026

No tengo altar.
Teilhard tampoco.
Y aun así consagró el mundo.

Sobre el educador que trabaja el domingo sin que nadie lo vea,
y por qué eso puede ser el acto más radical de la semana.

Este es un nuevo día, para empezar de nuevo

Este es un nuevo día, para empezar de nuevo · Con raíz y propósito

«No tengo ni pan, ni vino, ni altar. Colocaré sobre mi patena, oh mi Dios, la cosecha anhelada de este nuevo esfuerzo. Especialmente los que en la verdad o en el error, en su escritorio, en su laboratorio o en su fábrica, creen en el progreso de las Cosas, y buscarán hoy apasionadamente la luz. Me esfuerzo en fusionar todo lo que a lo largo de esta jornada va a progresar en el Mundo, todo lo que va a disminuir, y también todo lo que va a morir, a fin de convertirlo en la materia de mi sacrificio.»

Pierre Teilhard de Chardin, S.J. · La Misa sobre el Mundo · Desierto de Ordos, China, 1923 · El Ofertorio

Teilhard escribió esto en el desierto. Era el día de la Transfiguración — su fiesta predilecta — y era sacerdote sin eucaristía posible: no había pan, no había vino, no había altar. Otro hubiera anotado en el diario que fue un domingo sin misa y listo. Teilhard hizo otra cosa: extendió las manos sobre el mundo entero, sobre cada persona que en ese momento estaba en su escritorio o en su laboratorio o en su fábrica buscando apasionadamente la luz, y dijo — esto es lo que tengo. Tómalo. La ausencia del rito no detuvo el gesto. Lo amplió.

Hay algo en eso que el educador latinoamericano que trabaja este domingo reconoce de inmediato, aunque nunca lo haya nombrado así. El que corrige los cuadernos que quedaron de la semana, el que busca cómo explicar lo que el jueves no quedó claro, el que prepara el lunes mientras la familia duerme o el fútbol suena en el cuarto de al lado — ese educador no tiene altar visible tampoco. No hay ceremonia institucional para el trabajo del domingo. No hay registro en el sistema. No hay indicador de logro que capture las dos horas invertidas en pensar cómo llegar mejor a un estudiante que sigue sin entender. Ese esfuerzo es invisible para el sistema y completamente real para quien lo hace.

Teilhard lo advierte con honestidad que duele un poco:
«Este pan, nuestro esfuerzo, por sí mismo no es más que una inmensa desagregación.»

El trabajo sin dirección se fragmenta. Se dispersa.
La pregunta del domingo no es cuánto trabajaste — es hacia dónde apuntaba.

Esa es la pregunta que el páramo ecuatoriano, con su silencio de altiplano y su horizonte que no termina, pone en el centro sin pedir permiso. El Cotopaxi ahí al fondo no es decoración — es testigo. El esfuerzo que uno pone sobre la mesa del domingo, ¿tiene hacia dónde ir? ¿Hay un estudiante concreto detrás de esa planificación, o hay un formulario que hay que llenar? ¿Hay una pregunta real que uno quiere responder, o hay un contenido que hay que cubrir? La diferencia no está en las horas — está en la intención que las orienta.

Teilhard no pide heroísmo. No pide que el educador sienta siempre la llamada con claridad de visión mística en el desierto de Ordos. Pide algo más modesto y más difícil: que el esfuerzo cotidiano, el de este domingo ordinario, sea puesto sobre la patena con la misma seriedad con que se pone el pan. Que el trabajo invisible tenga la dignidad que el sistema no le da. Que el educador que nadie ve el domingo sepa que ese gesto — la cosecha anhelada del nuevo esfuerzo — ya es ofrenda. Ya es suficiente. Ya es real.

Para hoy

Si hoy trabajas por los que vienen el lunes — por ese estudiante que todavía no entiende, por esa clase que puede ser mejor — ya tienes altar. No necesitas más que eso para consagrar el día.

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