Las luces que nadie encendió.

375 aniversario del nacimiento de Juan Bautista De La Salle

En el 375 aniversario del nacimiento de Juan Bautista De La Salle · 30 de abril de 1651

De cuando conocí a La Salle

Cierta ocasión en Bogotá —en una casa cerca de la 170, de esas que guardan silencio como si supieran que adentro se dice algo importante— nos reunieron a un grupo de lasallistas de toda América Latina. Unos directores, otras profesoras, algunos formadores, otras religiosas. Todos convocados para contar su itinerario personal en el mundo de La Salle. Una especie de confesión laica, o quizás todo lo contrario.

Yo tendría unos treinta años. Acababa de regresar de Roma, donde había hecho el CIL en formación de formadores para la misión educativa lasallista. Traía todavía en el cuerpo esa mezcla de cansancio y claridad que deja Europa cuando uno viene del trópico.

Empecé mi exposición más emocionado que preparado.

—Yo nací en La Salle —dije.

Y no era una metáfora. Nací en el edificio de la Escuela La Salle de Riobamba. Me bautizaron allí. Estudié la primaria entre esos mismos corredores. Viví en lo que alguna vez fue la casa de la comunidad. Me caí del segundo piso —y el Hermano Miguel obró en mí algo que solo puede llamarse milagro, aunque yo entonces no supiera todavía pronunciar esa palabra sin vergüenza. Trabajé allí como subdirector. Me casé en la capilla del plantel. Mis hijos estudian entre esas mismas paredes.

Hubo un silencio breve, de esos que la gente llena mirándose.

Entonces el hermano que estaba sentado junto a mí en la misma mesa —el siguiente en dar su testimonio— levantó la voz con esa ligereza de quien nunca tuvo un patio con árboles sembrados por su padre, ni una capilla donde casarse, ni un segundo piso del que caerse:

—¡Solo falta que te mueras allí!

La risa fue general. Yo la dejé pasar, esperé que bajara como baja una ola, y aproveché el silencio que quedó después para decir, con toda la calma que pude:

—Eso no depende de mí. Pero si fuera posible... pediré que esparzan mis cenizas en el patio posterior, a un lado de los árboles que ha sembrado mi padre.

Nadie rio esta vez.


Todo eso quiere decir que desde que nací, de alguna manera, La Salle estuvo en todo lo que era mi vida. Pero como no importa dónde se nace sino dónde se lucha, debo decir que fueron los hermanos mayores —Pacho, Héctor, Gustavo, Álvaro, Michael, Alonso, y sobre todo Carmelo— quienes me presentaron al Lasalle histórico. Y fue mi padre quien me presentó al Lasalle espiritual.

Son dos personas distintas, y hacen falta las dos.


La noche que llegué por primera vez a la capilla de la Casa Generalicia de los Hermanos de las Escuelas Cristianas en Roma, ocurrió algo que no sé si llamar experiencia o certeza o simplemente: un momento en que todo lo que uno carga de pronto pesa de otra manera.

Frente a la urna que contenía los restos del Santo Fundador había un reclinatorio. Me arrodillé. Y rezar ahí me movió más que el avión que me había traído desde Ecuador hasta Europa. Más que el Coliseo. Más que el Tíber visto al amanecer. Más que cualquier cosa que hubiera visto en mi vida hasta ese momento.

—Señor, usted que sabe que soy un librepensador... pero tres cosas tengo por ciertas: mi familia, mi trabajo, y usted.

Me di cuenta, en ese momento, de que le estaba hablando de usted al Santo Fundador. Como a un anciano que merece ese respeto. Como a alguien que está, pero no interrumpe.

Y justo cuando mi pecho se inflamaba más —cuando sentía que algo muy adentro estaba a punto de romperse o de abrirse, que es casi lo mismo—, las luces de la capilla se encendieron.

Solas. Sin que nadie las hubiera prendido.


Lo demás... seguramente se los contaré pronto.

Hugo Patricio Chávez · Baúl de Sastre
30 de abril de 2026

Comentarios

  1. Gracias por compartir esos momentos de intensa relación espiritual con el fundador. Tuve una experiencia algo similar a la compartida, sin embargo cada uno la vive de diferente manera, y la tuya ha sido excepcional. Ojalá algunos Hermanos de las Escuelas Cristianas tuvieran una experiencia similar y se les encendieran las luces del alma para comprender que, más que lindos edificios y estatuas por aquí y por allá, lo importante es llevar el mensaje del fundador en su rica y particular espiritualidad a los maestros laicos de todo el mundo que entregan su vida entera en una pasión única, casi comparable con una consagración, en el altar de la escuela al servicio de la niñez y juventud, especialmente la más pobre y necesitada.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy gentil... gracias por haber estado ahí. Y ahora acá... Que viva Jesús en nuestros corazones.

      Eliminar
  2. Gracias por compartir esa historia loa milagros existen.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Gracias por el tiempo que dedicas a leernos!

Entradas populares

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *