Laudato si...
Reflexión N.° 16 · Semana del 28 de abril al 4 de mayo de 2026
Francisco estaba ciego
cuando escribió el himno
más luminoso de la historia.
Algo en eso debería decirnos algo.
Sobre la gratitud como acto de atención, no de sentimiento.
Y sobre las criaturas cotidianas que el educador
lleva semanas sin mirar.
Alabado seas mi Señor · Con raíz y propósito
«Laudato si', mi Señore, cum tucte le tue creature. Spetialmente messer lo frate sole, lo qual è iorno, et allumini noi per lui. Laudato si', mi Signore, per sora luna e le stelle. Laudato si', mi Signore, per frate vento et per aere et nubilo et sereno et onne tempo, per lo quale a le tue creature dài sustentamento.»
«Alabado seas, mi Señor, con todas tus criaturas. Especialmente el señor hermano Sol, que es el día y nos alumbras por él. Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las estrellas. Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento y por el aire y las nubes y el cielo sereno y todo tiempo, por el cual a tus criaturas das sustento.»
Francisco de Asís · Cántico de las criaturas (Laudes Creaturarum) · San Damiano, Umbría, ca. 1224 · Primer texto literario en lengua italiana vulgar
Francisco lo escribió en San Damiano, cerca de Asís, en 1224. Tenía los ojos tan enfermos que no podía soportar la luz del día — vivía en una choza de cañas, los ratones corrían sobre él de noche, llevaba semanas sin dormir bien. Cualquier médico moderno habría firmado sin dudar una incapacidad laboral de dos meses. Y desde ahí — desde ese estado — escribió el poema más luminoso de la literatura medieval italiana. No un lamento. Un himno. No a pesar de la oscuridad sino, curiosamente, desde la oscuridad. Como si la enfermedad le hubiera afinado el oído para escuchar lo que en los días fáciles no se escucha.
Pero antes de que el dramatismo nos atrape — y Francisco tiene mucho de eso — conviene detenerse en algo más sutil. Lo que hace en el Cántico no es heroísmo espiritual. Es atención. Ve el sol, ve la luna, ve el viento, ve el agua, ve el fuego, ve la tierra — las criaturas que lo rodean, las mismas que cualquier persona en cualquier día tiene alrededor — y las nombra. Las llama hermano, hermana. Las saluda. Y en ese acto de nombrar y saludar, algo cambia. No el dolor. No la ceguera. Algo interno que es más difícil de describir y más fácil de reconocer: la diferencia entre estar rodeado de cosas y estar acompañado por ellas.
El ejercicio no es poético. Es neurológico. La neurociencia de la gratitud — Robert Emmons, Martin Seligman, la investigación acumulada de veinte años — dice lo mismo que Francisco sin haberlo leído: nombrar lo que está bien activa el córtex prefrontal, reduce el cortisol y literalmente reorienta la atención del cerebro hacia recursos en lugar de amenazas. Francisco no tenía resonancia magnética. Tenía ojos enfermos y oído fino. Y supo antes que nadie que la gratitud no es un sentimiento que llega cuando las cosas van bien. Es una decisión que se toma cuando las cosas van como van — que no siempre es lo mismo.
nos sustenta aunque no siempre lo notemos.
El educador que llega hoy con el mes encima,
los informes sin terminar y el café ya frío
tiene exactamente las mismas criaturas que Francisco.
Solo necesita detenerse un segundo a nombrarlas.
Hay una última cosa que vale decir sobre el Cántico, y es la más incómoda: Francisco no lo escribió para sentirse mejor. Lo escribió porque era verdad. Las criaturas estaban ahí. El sol salía igual aunque él no pudiera mirarlo. El viento soplaba aunque él no pudiera salir. La gratitud de Francisco no dependía de su estado de ánimo — al contrario, su estado de ánimo dependía de la gratitud. Eso invierte la dirección en que la mayoría pensamos que funciona esto. No: primero me siento bien, entonces agradezco. Sino: primero nombro lo que está ahí, y algo en mí empieza a moverse en una dirección distinta. No siempre. Pero con frecuencia suficiente para que valga la pena intentarlo en un jueves 30 de abril.
Para hoy
Antes de cerrar el mes: nombra tres criaturas de tu semana. No las grandes — las pequeñas. El estudiante que dijo gracias sin que nadie se lo pidiera. La clase que salió mejor de lo esperado. El colega que te escuchó en el pasillo. Francisco los llamaría hermanos. Tú puedes llamarlos como quieras. Lo que importa es nombrarlos.
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