La alegría que nadie puede quitarte
La alegría que nadie puede quitarte
Reflexión #6 · MD 34 — Juan Bautista de La Salle · Blog Con raíz y propósito
«Será su corazón el que se regocije. Y como este es el sostén de la vida del hombre... su alegría es muy sólida... porque se fundamenta en lo que es para ellos soporte de la vida de gracia; a saber, el amor de Dios y la comunicación con Dios.»
Juan Bautista de La Salle, Meditaciones para los Domingos, MD 34, ca. 1691 — Para el Tercer Domingo después de Pascua (Jn 16,16-22)Juan Bautista de La Salle escribió esta meditación para hombres que tenían motivos concretos para la tristeza. Sus hermanos enseñaban en escuelas pobres de Reims y París, trabajaban sin salario fijo, en barrios donde la miseria reingresaba por la tarde por la misma puerta que salía por la mañana. No era una situación de abundancia ni de reconocimiento. Era desgaste puro, del tipo que no aparece en los informes y que no tiene nombre oficial en ningún organigrama. Y desde ese contexto, De La Salle les propone al domingo una distinción que suena casi provocadora: no toda alegría es lo mismo, y la alegría que más importa es precisamente la que no depende de lo que está ocurriendo afuera.
El evangelio de este día —Juan 16,20-22— contiene una promesa que Jesús enuncia sin rodeos: el mundo se alegrará, y vosotros estaréis tristes. Pero vuestra tristeza se convertirá en gozo, y ese gozo nadie podrá quitároslo. De La Salle trabaja ese texto con la precisión de alguien que no escribe teología para una cátedra sino instrucciones para gente real que tiene que levantarse mañana. La alegría del mundo, dice, es corta, superficial y exterior. La del servidor de Dios es duradera, sólida e interior. No porque los servidores de Dios no sufran —De La Salle es demasiado honesto para sostener eso—, sino porque su gozo tiene una raíz más profunda que cualquier circunstancia capaz de perturbarlo. Reside en el corazón, dice, que es lo último que muere.
El educador latinoamericano de hoy conoce esa diferencia por experiencia directa, aunque no siempre tenga vocabulario para nombrarla. Hay maestros en la Amazonía, en la cordillera, en los barrios periféricos de las ciudades ecuatorianas, que llevan décadas sosteniendo aulas con recursos mínimos, bajo estructuras institucionales que desgastan más que fortalecen, y que sin embargo no han perdido algo esencial. No es ingenuidad. No es que no vean las condiciones en que trabajan. Es que su vocación tiene un piso distinto al de la satisfacción laboral medida por indicadores. Cuando De La Salle dice que la alegría de los servidores de Dios es sólida porque se asienta en el amor de Dios y en la comunión con Él, está describiendo —con lenguaje espiritual del siglo XVII— algo que la pedagogía contemporánea tarda mucho más en decir: que enseñar con sentido no es una emoción, es una decisión sostenida en algo que no fluctúa con el estado de ánimo del lunes.
Lo que De La Salle añade en el tercer punto de su meditación es lo más incómodo: la alegría de los mundanos es enteramente exterior, y por eso la menor pena los sumerge en el abatimiento. La del justo, en cambio, reside dentro, y desde allí no puede ser menoscabada por nada exterior. Esta no es una promesa de anestesia. Es una afirmación sobre la arquitectura del gozo. La pregunta que deja abierta —y que no conviene cerrar demasiado pronto— es si el educador, este educador concreto que lee esto un domingo en la mañana, ha construido alguna forma de alegría que tenga cimientos propios. No la euforia de los días buenos ni el alivio de que terminó el parcial: algo más parecido a lo que florece en el interior de la selva aunque llueva sin parar afuera.
¿Tu alegría depende de que esta semana salga bien, o tiene raíces que ninguna dificultad puede arrancar?
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