Hablar a — o hablar con
Reflexión N.° 9 · Semana del 21 al 27 de abril de 2026
Hablar a — o hablar con.
La diferencia que Freire no nos dejó ignorar.
Sobre la educación que transfiere y la que construye,
y por qué esa distinción pesa más en el miércoles que en cualquier otro día.
Círculo de docentes en un claro amazónico al amanecer, sin jerarquía, en diálogo. · Con raíz y propósito
«Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción. El educador que escucha aprende la difícil lección de transformar su discurso, a veces necesario, en una habla con el educando.»
Paulo Freire · Pedagogía de la autonomía: saberes necesarios para la práctica educativa · Siglo XXI, 1996
Paulo Freire escribió Pedagogía de la autonomía en los últimos meses de su vida. Sabía que el corazón no le daría mucho más tiempo —murió en mayo de 1997, pocos meses después de entregar el manuscrito— y eligió dedicar ese tiempo no a la teoría grande sino a lo más concreto: los saberes que necesita quien está en un aula, hoy, con estudiantes reales. Es un libro sin paciencia para el rodeo. Cada página tiene la urgencia de quien ya no podrá volver a decirlo.
La distinción que propone en esta cita parece simple. No lo es. Transferir conocimiento significa que el saber existe afuera del estudiante, completo y terminado, y que la tarea del educador es depositarlo adentro con la mayor eficiencia posible. Esa lógica organiza la mayor parte de lo que ocurre en nuestras aulas: el currículo como contenedor, la planificación como protocolo de entrega, la evaluación como verificación del depósito. Freire no dice que sea maliciosa. Dice que es una ilusión — porque el conocimiento que no fue construido por quien aprende no tiene raíz y no dura.
Lo que sigue en la cita es más difícil todavía. Freire no pide que el educador deje de hablar: pide que aprenda a transformar su discurso en una «habla con». La diferencia no está en el volumen ni en la frecuencia — está en la dirección. Hablar a es depositar. Hablar con es abrir un territorio común donde ambos, educador y educando, están expuestos a que algo cambie. Y eso exige del educador algo que la formación docente raramente entrena: tolerar no saber adónde va la conversación, y confiar en que el proceso tiene valor aunque no llegue al lugar previsto.
El miércoles es el día donde esa exigencia pesa más. No hay la energía del lunes ni el alivio que ya se huele del viernes. Es el día en que el educador latinoamericano —sobrecargado de formularios, planificaciones por competencias, informes distritales y reuniones institucionales— tiene más probabilidades de volver al piloto automático: hablar, cubrir el tema, cerrar la hora. Freire escribió su testamento pedagógico para ese miércoles exactamente. No para las grandes conferencias. Para el aula de las diez de la mañana cuando nadie tiene ganas y sin embargo algo puede ocurrir si quien está al frente decide escuchar antes de hablar.
Para hoy
Elige una sola clase hoy — una, no todas — y en los primeros cinco minutos escucha antes de hablar. No para introducir el tema: para saber dónde están ellos. Freire llamaba a eso el punto de partida real.
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