Uno por uno, distintamente
Reflexión N.° 13 · Semana del 28 de abril al 4 de mayo de 2026
El pastor que las ovejas siguen.
De La Salle sabía algo que la neurociencia
tardó siglos en confirmar.
Sobre el vínculo que hace posible el aprendizaje,
y por qué conocer a un estudiante por su nombre
no es amabilidad — es pedagogía.
Pastor y sus ovejas · Con raíz y propósito
«Una de las cualidades que ha de tener el buen pastor es conocer a todas sus ovejas, distintamente. Debe manifestarse en ellos especial ternura con las almas que les están confiadas, de modo que sean muy sensibles a todo lo que pueda afectar o herir a sus ovejas. Esto es lo que mueve a las ovejas a amar a su pastor y a complacerse en su compañía, porque encuentran en ella su descanso y su alivio.»
Juan Bautista de La Salle · Meditaciones para los domingos del año, MD 33,1,1 y MD 33,2,1 · Sobre Juan 10,11–16 · ca. 1715
De La Salle escribió esto en sus últimos años, encerrado en San Yon, cerca de Ruán, cuando ya no podía salir mucho pero seguía pensando en las escuelas. Llevaba cuarenta años trabajando con maestros y había aprendido algo que ningún reglamento podía enseñar: que el estudiante que no se siente conocido no aprende — o aprende lo mínimo indispensable para pasar sin ser visto. Y que el maestro que no conoce a sus estudiantes uno por uno, distintamente, no enseña — administra contenidos. La diferencia entre las dos cosas es exactamente la diferencia entre un pastor y un guardia de rebaño.
La neurociencia llegó a la misma conclusión trescientos años después, con más instrumentos y más papers, pero con idéntico resultado: el cerebro que se siente seguro aprende. El que está en alerta, sobrevive. El cortisol — la hormona del estrés — bloquea la memoria de largo plazo. La oxitocina y la serotonina — las que se liberan cuando alguien nos mira, nos llama por nuestro nombre, nota que estamos mal antes de que lo digamos — abren el aprendizaje como una llave abre una puerta. De La Salle no tenía resonancia magnética funcional. Tenía cuarenta años mirando aulas y la honestidad de llamar a las cosas por su nombre: esto se llama ternura, y es una competencia profesional, no un rasgo de carácter.
Lo siguen porque lo conocen — y porque en su compañía
encontraron descanso y alivio.
Eso no es metáfora pastoril del siglo XVII.
Es la descripción más precisa del aula que funciona.
El lunes tiene algo de páramo: vasto, frío al inicio, exigente. El educador llega con la semana por delante y la tentación de entrar directo al contenido — que hay mucho por cubrir, que el tiempo no alcanza, que la planificación no espera. Y sin embargo, hay algo que De La Salle diría sin dudar: antes de enseñar nada, mira quién está sentado ahí. No el promedio del curso. Cada uno. El que llegó con los ojos hinchados. El que se sentó más lejos que de costumbre. El que por primera vez levantó la mano y esperó — y nadie lo llamó. Conocer eso no toma horas. Toma atención. Y la atención, bien puesta, es el primer acto pedagógico del día.
Lo que mueve al estudiante a seguir al maestro no es la autoridad del cargo ni la lógica del currículo. Es haber encontrado, en esa aula, en esa voz, en esa mirada, algo que De La Salle llamó con una palabra que los documentos ministeriales raramente usan: alivio. El aula donde el estudiante respira. Donde no tiene que fingir que entiende cuando no entiende. Donde ser lento no es una vergüenza ni ser rápido una amenaza. Esa aula no se construye con mejor infraestructura ni con más tecnología. Se construye con la decisión diaria — renovada cada lunes, cada hora — de conocer a quien tienes enfrente. Distintamente.
Para hoy
Elige hoy un estudiante que normalmente no te llama la atención — ni por brillante ni por difícil. Uno que existe en el medio, casi invisible. Míralo. Llámalo por su nombre sin que haya una razón especial. Eso es todo. Y eso, para ese estudiante, puede ser suficiente para que el lunes no sea un día perdido.
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