Diario de conciencia.
Reflexión N.° 11 · Semana del 21 al 27 de abril de 2026
El diamante que no viste esta semana.
Merton lo sabía desde 1958.
Sobre ese punto de luz que cada estudiante lleva adentro
y que la semana entera no alcanzó para ver.
Educador caminando solo por el páramo ecuatoriano al amanecer. · Con raíz y propósito
«En el centro de nuestro ser hay un punto de nada que está intocado por el pecado y la ilusión, un punto de pura verdad, un punto o chispa que pertenece enteramente a Dios, que nunca está a nuestra disposición, desde el cual Dios dispone de nuestras vidas. Este pequeño punto de nada y de pobreza absoluta es la gloria pura de Dios en nosotros. Es como un diamante puro, que brilla con la luz invisible del cielo. Está en todos, y si pudiéramos verlo, veríamos a esos miles de millones de puntos de luz reunidos en el resplandor de un sol.»
Thomas Merton · Diario de conciencia culpable (Conjectures of a Guilty Bystander) · Entrada del 4 de marzo de 1958 · Louisville, Kentucky
Merton escribió esto en un diario. No en un libro pensado para publicar — en un diario, que es el lugar donde uno escribe lo que genuinamente piensa porque cree que nadie lo va a leer. Lo escribió después de una experiencia que lo golpeó de lleno en una esquina ordinaria de Louisville: estaba ahí, entre la gente que pasaba apurada, y de repente tuvo la certeza absoluta — no como idea sino como evidencia física — de que amaba a cada una de esas personas. Y que ninguna lo sabía. Y que ninguna sabía que llevaba adentro ese diamante. Merton, monje trapense, hombre del silencio, hombre del claustro, tuvo su revelación más intensa no en el monasterio sino esperando la luz verde en una esquina de ciudad. La ironía le hubiera gustado a De Mello.
La pregunta que ese texto deja flotando sobre el páramo del sábado no tiene respuesta cómoda. Si cada estudiante que entró al aula esta semana lleva ese punto de luz adentro — ese diamante que Merton describe con la precisión de quien lo ha visto — ¿cuántas veces lo vimos? No cuántas veces lo nombramos en la planificación. Cuántas veces lo vimos. El momento concreto, el gesto, la pregunta inesperada, el silencio elocuente de alguien que no habla nunca y de repente dijo algo. Eso.
Eso es más de mil momentos posibles.
¿En cuántos estuvo el diamante?
La respuesta honesta — y aquí no hay por qué ser cruel con uno mismo, pero tampoco indulgente — es que en muy pocos. No por mala voluntad sino por la misma razón que explica casi todo lo que no hacemos bien en educación: la velocidad. El sistema está diseñado para que el educador cubra, avance, evalúe, registre, informe y repita. Ver al estudiante — verlo de verdad, en ese punto donde es él y no el promedio de sus calificaciones — requiere detenerse. Y detenerse tiene un costo que el sistema no contempla en ninguna planificación curricular.
El sábado es el único día donde esa velocidad baja lo suficiente para hacer el inventario sin el ruido de fondo. Y la sierra tiene algo que la selva no tiene: el silencio del altiplano no es el silencio de la noche — es un silencio de mediodía, de páramo abierto, donde no hay dónde esconderse de lo que uno verdaderamente piensa. El Chimborazo no juzga, pero tampoco distrae. En ese silencio, la pregunta de Merton llega entera: ¿lo viste esta semana? Y si no, ¿qué vas a hacer diferente el lunes?
Para hoy
Hoy no hay aula. Hay tiempo. Recordá el nombre de un estudiante que esta semana dijo o hizo algo que te sorprendió — aunque fuera por un segundo. Ese segundo fue el diamante asomándose. La semana que viene, prestale atención antes de que vuelva a esconderse.
Interesante... Todos somos parte del TODO y en ese contexto, somos valiosos...lo que hago o dejo de hacer por otro repercute en uno mismo...
ResponderEliminarGracias por compartirlo... buen sábado. Abrazo con raíz y popósito.
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